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Preámbulo
La multisecular advocación de la Merced, referida a María, está íntima, histórica, originaria y esencialmente vinculada con el nacimiento de nuestra Orden. Podía alguien hacerse esta ingenua pregunta: ¿Qué ha sido antes, la advocación de Santa María de la Merced, o el nacimiento de la Orden de Santa María de la Merced? La respuesta es transparente: Primero existió la fundación de la Orden, y después –un cierto tiempo después- María adquirió esta nueva advocación, por obra y gracia de una Orden redentora, liberadora de cautivos, que ejercía la misericordia con ellos.
Y, por el mismo hecho, cuando nuestros religiosos laicos comenzaron a representar, iconográficamente, a María –inseparable del Redentor y del cautivo: ¡Ella está siempre donde haya un ser humano sufriendo en su cruz!-, frailes, fieles y cautivos que colaboraban, y eran beneficiarios, en tan gran obra de misericordia, no encontraron mejor advocación que llamarla Madre de Dios de la Merced. En el siglo XIII merced significaba, precisamente, la merced por excelencia de redimir cautivos, obra cimera de misericordia en las profundidades de la degradación humana de las mazmorras y baños. Díganlo los redentores mercedarios, pero también el P. Jerónimo Gracián, y Miguel de Cervantes, ambos célebres cautivos, que escribieron sobre su propia experiencia.
Si bien María inspira a Nolasco la fundación de una Orden consagrada a redimir cristianos de la cautividad sarracena – y en este aspecto, María le precede, naturalmente, no así el título o advocación de la Merced-, sólo a posteriore identificamos, ya desde los orígenes, a María de la Merced, pues estaba, desde entonces, ejerciendo con él una muy delicada misericordia, al servicio de los oprimidos por “enemigos de nuestra ley”. De modo que podemos afirmar que María es consubstancial a la Orden mercedaria. Pero no que la advocación de María de la Merced no se derive del sentido de la obra esencial a la misma Orden, esa específica merced de la redención liberadora, realizada por rescate. La Orden –que se llamó durante el primer tiempo de “santa Eulalia”, por el título de la catedral donde se fundó, y por habérsenos encomendado por el rey el Hospital de Santa Eulalia, así como el que, años después, nos donó Raimundo de Plegamáns (1232); y “agustina”, por haber asumido la regla de san Agustín-, acepto todas las iglesias que se regentaron, en vida del Fundador, bajo la denominación de Santa María (de los Prados, en Tarragona; del Puig, en Valencia; de Sarrión, en Teruel; y de Arguines, en Valencia). Y luego consta documentalmente que, al menos desde 1243, se daba a los cofrades el hábito de Santa María. De modo que el marianismo originario de la Orden está documentalmente probado. San Pedro Nolasco fue, sin duda alguna, un gran devoto de María. Y ella recibiría, como una rosa de exquisito aroma, siempre a sus pies de Madre, el título de Santa María de la Merced. La talla que se conserva en la Basílica de Barcelona – del siglo XIV, pero que supuso otra anterior- es sedente, como las románticas, símbolos del trono de la Divinidad, su propio Hijo encarnado. Y se llamó y llama, en versión castellana del catalán, Madre de Dios de la Merced. Hermoso título, profundamente teológico ya que es equivalente a Madre de Dios de la Misericordia.
¡Sí, la Merced es la primera Orden mariana, oficialmente reconocida por la Iglesia, entre las que actualmente existen! Y está unida, en su ser y en su quehacer, a la gran misericordia divina, manifestada en Cristo Redentor, y su Madre, y Madre nuestra, ya para todos nosotros la Madre de la Merced.
E insisto: Es esencialmente mariana nuestra Orden, pues María de la Merced forma parte de su existencia, de su actividad y carisma, llevados a cabo, con las variantes exigidas por los “signos de los tiempos”. En su nombre se realizó el apostolado redentor, y misionero –en el Nuevo Mundo, especialmente-, en su nombre organizaron –ya clerical desde 1317- la propia vida comunitaria, en su nombre adquirieron carta de ciudadanía en la Iglesia, y en su nombre desarrollaron su vida toda, interior y exterior, hacia dentro de la comunidad, y abierta a los fieles.
MÚLTIPLE PRESENCIA DE MARÍA COMO “MERCED”
Liberadora de cautivos
La misión originariamente redentora –llevada a cabo con fidelidad y entusiasmo creciente, desde sus inicios-, ha ido, a lo largo de la Historia, cobrando nuevas formas precisas de descubrir, favorecer, visitar y liberar, a cuantos sufrían privación de libertad, y cuya fe, esperanza y caridad, estaban en peligro. Pues bien, los cautivos invocaron siempre a María suplicando su ayuda maternal. Antes de la existencia de la Merced, la invocaban con los títulos de los santuarios más tradicionales de España: Montserrat, Guadalupe, Almudena, Sopetrán... Alfonso X, el Sabio, en la Cantiga 83, muestra a un pobre cautivo, en peligro de muerte, que invoca a Maria de Sopetrán.
Traduzco libremente al castellano de su poesía galaica:
Yacía en muy oscura
mazmorra y desventura:
¡La muerte se apresura?
María mil cuidados
mostró a los angustiados,
¡y viólos liberados!
Cuando ya los mercedarios acuden a las mazmorras, llevándoles esperanza y libertad, los pobres cautivos asocian su liberación a María de la Merced.
¡Cuántos miles de cristianos alcanzaron, en su nombre, la plena libertad! Liberar con María fue la praxis de los mercedarios. Sentirse libres con María fue la experiencia de millares de redimidos, que jamás olvidarían tamaña misericordia: ¡Por eso caló tan hondo, en la piedad del pueblo, María de la Merced!
Merced de Iberoamérica
Más tarde, desde principios del siglo XVI, en Iberoamérica, se amplió la presencia mercedaria a los infieles evangelizados con María de la Merced. Y esta advocación adquirió, desde entonces, arraigo imperecedero en tierras de ultramar. El Jesuita Rubén Vargas Ugarte, historiador de las advocaciones marianas en el Nuevo Mundo, por gracia de las Órdenes religiosas, destaca a María de la Merced, con elogio de los frailes nuestros. Dice: “No se esforzaron menos los Mercedarios por difundir el culto de la Virgen de la merced –en América, <<Mercedes>>-, cuya imagen se alza resplandeciente en los comienzos del Descubrimiento, allá en el Santo Cerro, donde fray Juan Infante la propuso a Colón como prenda de victoria. De ahí pasó a México y Guatemala, conducida por fray Bartolomé de Olmedo, recibiendo en este último lugar el título de Conquistadora. Nada extraño, pues, que numerosas poblaciones se honren con el nombre de esta mariana advocación; y, lo que es aún más digno de advertir, que capitales enteras, como Ecuador, Perú y Argentina, la hayan tomado como Patrona... Al par que en México y Guatemala, fray Miguel de Orenes introducía en el Perú, a raíz de la conquista, la devoción a la Virgen Blanca; y otro tanto hacía en Chile fray Antonio Correa, miembro de la expedición de Valdivia”.
Preside toda iglesia mercedaria
No hace falta decir que donde hay un templo o capilla de mercedarios/as preside María de la Merced, empezando por la Basílica de Barcelona –desde la desamortización en manos de la archidiócesis, siempre reclamada por la Orden, que no pierde la esperanza de recuperar lo que fue obra de nuestros antepasados, a partir de la donación del solar por el devoto Plegamáns-, con su adorable talla del escultor Pere Moragues, de mediados del siglo XIV, la más antigua en veneración, Y en multitud de iglesias que han sido mercedarias, sigue presente la Madre, aunque sus frailes ya no las regente. Incluso en Canarias –donde la Orden no se estableció- es patrona de poblaciones y de hermandades y cofradías. Una obra reciente acaba de desvelar este secreto.
Da un toque de ternura a nuestras sucesivas Constituciones
Todas las Constituciones –desde las de 1272, cuando la Orden era laical, pasando por las de 1327, recién convertidos los mercedarios en Orden clerical; las de 1588, 1691, 1743, 1895 y, finalmente, las postconciliares (1986) –destacan a María de la Merced como “fundadora” o “inspiradora” de esta obra de liberación. Las actuales señalan, de modo explícito: “Ella es madre de los cautivos, a los que protege como hermanos queridos de su Hijo, y es igualmente madre de los redentores, al ofrecer libertad a los cautivos, pues anima y promueve así la misión del Señor que <<derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes>>. Contemplando a María descubrimos el sentido de nuestra espiritualidad y la urgencia de nuestra acción apostólica”.
En multitud de pasajes María de la Merced aparece como espiritual fundadora, madre, modelo, ejemplo de liberación, virgen fecunda, contemplativa, activa, obediente, llena de fe, espejo de esperanza, ejemplo de caridad, modelo vivo de consagración a Dios y de servicio a los hermanos, objeto personal de nuestra más tierna devoción y amor filial. Si Cristo Redentor es raíz vivificadora de los frutos de nuestra múltiple acción carismática, María, redentora de cautivos a través de sus hijos, es precisamente acogedora, alivio en las horas de sufrimiento, aliento y fortaleza, ternura femenina, maternal, que envuelve, con su amor sin límites, todo nuestro ser y quehacer. Con ella vamos siempre seguros por los caminos de la vida, pues, como en las bodas de Caná, sigue inspirando la eficacia: “Hacer lo que Él os diga”.
Arraigó en el culto de la Orden y en la piedad popular
Respecto a lo primero, destacaré tan sólo que ya en 1272 se señala que “se cante Misa solemne de Santa María” al comenzar el Capítulo General, y se manda a los frailes clérigos que reciten diariamente el Oficio de Santa María. En un breviario mercedario, impreso en París en 1514, aparecen, por vez primera, las palabras que, setenta años después, se añadirían al Ave María: es la súplica conclusiva “ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”. Ya al comenzar el siglo XIV se cantaba, en las iglesias mercedarias, la Salve Regina los sábados: Así lo constata un documento de Galcerán de Miralles que dona al comendador de Nuestra Señora de Belloch tres libras de cera para un cirio que luciría cada sábado durante el canto de la salve sabatina (1307).
A petición del Capítulo General de Valladolid de 1599, el Papa Clemente VIII concede el Oficio de María de la Merced, el 8 de septiembre, fecha en que se celebraba su fiesta (1600). La fecha, desde entonces, cambió: el domingo más cercano al 1 de agosto; luego al 10 de dicho mes (1684); y, finalmente, queda establecida, con misa y rito solemne, para toda la cristiandad -hasta la supresión de la reforma litúrgica reciente, cuya razón no llegamos a comprender- el 24 de septiembre (1696). No deja de ser extraño que, siendo la primera fiesta de María, de origen “particular”, que había pasado a ser universal –después de la Virgen de las Nieves-, se tomase tan drástica decisión, Naturalmente, mercedarios y múltiples pueblos que tienen por Patrona esta advocación mariana seguimos celebrándola con el máximo esplendor.
Por su parte, la piedad popular nutrió su vida cristiana en la fuente clara de la devoción a María de la Merced, Corredentora con el Redentor, liberada y liberadora por Cristo Liberador, en aquellos lugares de influencia real de la Orden. Los signos externos de esta devoción profunda se manifestaron en portar el escapulario de la Merced; en pertenecer a asociaciones mercedarias de seglares, en su honor; en imponerse el nombre de Mercé, en Cataluña, o Mercedes, en el resto de España; en hacer Terciarios de la Merced; en dedicar plazas, calles, capillas, oratorios privados, parroquias, diócesis, lugares, en honor suyo. El recorrido de su imagen por los hogares, costumbre que se dio en Europa, y perdura en Iberoamérica; el invocar a María de la Merced en momentos precisos de falta de libertad: piénsese en la Europa oprimida por la segunda Guerra mundial, en que se hicieron infinidad de imagencitas de terra cota, sobre todo en Francia, diseñando una alambrada en su manto: ¡alusión a los campos de exterminio!
En lo artístico abundan cuadros, esculturas, grabados de María de la Merced, algunos salvados del pillaje, o de la compra fácil, y conservados en museos, que forman parte del patrimonio artístico de la Humanidad. El pueblo asoció fácilmente esta advocación a la ayuda celeste en momentos de cautiverio o especial esclavitud, opresión o quebrantamientos de derechos humanos. Hoy, pues, que vivimos en una sociedad violenta –en la que proliferan torturas, secuestros, asesinatos, invasiones, guerras, desprecio de unas etnias a otras- María de la Merced sigue teniendo, acaso más que nunca, un puesto ineludible, en la conciencia y corazón de los que son víctimas de todo aprobio y opresión como presencia salvadora de Dios, Madre comprometida con la libertad y dignidad de los humanos. ¡Con ella podemos celebrar las maravillas realizadas por Dios liberador!
Se entretejen en honor suyo, ciertas leyendas marianas
Estas leyendas se refieren a los orígenes, aunque se hayan recogido, desde la oralidad, en épocas más tardías, a partir del siglo XVI. Son la manifestación y transmisión de realidades profundas, con base en nuestra “intrahistoria”, que trasciende los cauces expresivos de la mera racionalidad. Diríamos que cuanto más honda es una vivencia, menos se puede expresar con la palabra raciocinante, y necesita de la palabra ardiente, donde la llama, o llamarada, de lo imaginario es fuego creador de energías y movilizador de actitudes de honda devoción.
Ha ido la Merced configurando su propio lenguaje mítico, y su antología de tradiciones legendarias marianas se nutre de simbolismos creador y recreador. Se escenifica el diálogo fundacional entre María y Nolasco, “en medio del silencio de la noche del primer día de las calendas de agosto”. Desde Nadal Gaver se amplifica, pasa incluso a la bula papal de canonización de San Raimundo de Peñafort, y cobra diversas versiones, según corrientes de expresividad mercedaria. La realidad interior de Nolasco se transforma en “tradición legendaria”. Los pintores, más tarde, reproducen visualmente estos relatos: Aparece María con el Hijo en brazos (Cíjar), o ella sola (Gaver), con un coro de vírgenes (Zumel), con tropel de jóvenes (Salmerón), con gran número de ángeles y santos, entre ellos Santiago -patrón de España- y los abogados de Barcelona -Cucufate, Severo, Paciano y Eulalia-, tal como lo recoge Vargas. También, san Pedro Apóstol, para simbolizar a este segundo Pedro, piedra angular de su Religión, y Santa Madrona, venerada en la antigüedad (Colombo). La escuela de Murillo, en cuadro atribuido al maestro, hoy recuperada su autoría para Francisco Meneses Osorio (h.1690), recoge la única aparición a Nolasco, sin estar presente el joven rey, de 10 años, ni mucho menos Raimundo de Peñafort, ausente de Barcelona en estas fechas. Otras versiones -en base a afirmaciones hoy tenidas por inciertas- se modelan, sin embargo, según la “triple aparición”: ¡Estas suelen basarse en el “documento de los sellos”, sin base objetiva!
Otro relato presenta a María en el coro de Barcelona, acompañada de ángeles, y supliendo el rezo coral de maitines de los clérigos, al que se supone -sin fundamento real- que asistiría el Fundador: ¡Todos se quedaron dormidos, en una fiesta solemne, “por descuido del velador”! (Melchor Rodríguez). Existe otra versión del XVIII, según la cual Nolasco se sienta en brazos de María, acompañada por santos barceloneses: Eulalia, Madrona y Eulogio, que agradecen al redentor de cautivos lo que está haciendo en su ciudad. Los ángeles están vestidos de mercedarios. Hay cambios de escenificación en otros autores. A partir del XVIII tardío se manda que presida, en el lugar central de nuestros coros, María de la Merced, “la Comendadora”. ¡Hay estatuas bellísimas, salvadas, providencialmente, de la incuria secular!
María bendiciendo las celdas de los religiosos, velando sus sueños, es común a dominicos, y pertenece a esas “florecillas” de los contemporáneos. Ellos tienen autores del siglo XIII que la recogen por escrito. Nosotros vivimos más de la tradición oral, En suma, todo ello -junto con las visiones de San Pedro Nolasco de la oliva- a la que unos desalmados quieren destrozar a hachazos, y a cada golpe brota una ramita nueva-, la Jerusalén celeste y la visión de San Pedro crucificado boca abajo -pintadas por Zurbarán para la colección sevillana de Nolasco, actualmente en el Museo del Prado- revela el amor y ternura de María, que acude en ayuda de los desvelos de Nolasco.
Defensa mercedaria de la Inmaculada Concepción, en teólogos, místicos y poetas
Al unísono con franciscanos y demás Órdenes –excepto la mayoría de dominicos- la Orden mercedaria sintió y consintió, unida al pueblo fiel, la defensa clara de la proclamación de María llena de gracia desde el primer instante de su ser. Siguiendo la tradición de la propia catedral de Barcelona -donde, desde el siglo XII se celebraba ya dicha fiesta- la Merced conservó la antiquísima oración, tan nítida y transparente, incluso al aceptar la liturgia romana: “Oh Dios, que preservaste de toda mancha de pecado en su concepción a la Inmaculada Virgen María, para que fuera digna Madre de tu Hijo, concede , te rogamos, que quienes creemos de verdad en la pureza de su inocencia, sintamos también los efectos de su intercesión delante de Ti”.
Nuestros mejores teólogos del XVI-XVII -Zumel, Silvestre de Saavedra, Pedro de Oña, Fernando de Orio...- son expresivos, en sus razones sólidas, del común sentir de la Orden. El P. Alonso Vázquez de Miranda (1592-1661) tiene un puesto destacado en la Quinta Junta en defensa de la Inmaculada, presidida por nuestros reyes en la Corte madrileña. Y el P. Adarzo de Santander formó parte de la Junta teológica que analizó, en sentido positivo, el dictamen de la Congregación del Santo Oficio (20 de enero de 1644), pidiendo se derogue dicho decreto “restrictivo”. Y debemos seguir citando los más renombrados mercedarios, que ensalzaron a María llena de gracia: Los Padres Francisco de Lizana, los hermanos José y Francisco Pintre, Bernardo de Santander, Marcos Salmerón, San Cecilio, Alonso Remón, Gabriel Téllez. Hernando de Santiago, Damián Estevan, Juan de Rojas, Miguel Ulate, todos del siglo XVII, excepto los dos últimos, del XVIII. Esta conciencia de estar íntimamente identificados como hijos de tal Madre, llena, en plenitud desbordante, de la gracia del redentor, y en virtud de sus méritos, tiene una larga tradición, que conecta con la actualidad: Ahí están los nuevos teólogos mercedarios PP. Bienvenido Lahoz, José María Delgado Varela, Xavier Pikaza, y otros de las Provincias de América... Si pasamos ahora -muy sobrevolando sus obras- a nuestros mejores teólogos, con ribetes de mística, vemos no sólo su discurso, sino también su experiencia vital. Nuevos nombres: Pedro de la Serna, López Rubiños, Gaspar de Torres y Melchor Rodríguez, Alejandro de San Antonio, Falconi, muchos de los teólogos citados de los siglos áureos; y los modernos, algunos que todavía conocimos o siguen publicando: Magín Ferrer, José Reig, Luis Márquez, Adolfo Ciuchini, Acquaro, Avelino Ferreyra, Carlos y Antonio Silva de Castro, hermanos Germán García Suárez, Elías Gómez, Ramón Serratosa, Amerio Sancho Blanco, el Padre Sancho, músico y poeta de hondura mística, confesor de la Madre Maturana, Antonio Vázquez, autor de Miryam la Esposa inmaculada y Miryam la nazaretana, obras de juventud, ahora anclado en la psicología religiosa, Eliseo Tourón, Pikaza, Guillermo Hurtado, Monseñor Aparicio, Mario Tallei, Antonio Rubino, López Quintás, etc. Quedan los más jóvenes, ya en promesa sus escritos marianos en la misma línea. Y quienes apenas han escrito, pero vivieron la piedad mariana, más difícilmente localizables. También las Monjas y Religiosas mercedarias, en sus diversas ramas, nos ofrecen -¿cómo iba a ser lo contrario?- escritos muy valiosos, o temas vivenciales, que van aflorando en nuestros días con mayor relieve, al tener formación universitaria. No cito nombres para que ninguna quede excluida. Podemos afirmar que donde haya un mercedario/a, allí hay un fiel amante de María de la Merced, que a veces nos deja su palabra escrita; y otras, su tradición oral, o su mensaje en la oratoria sagrada, o en obrillas devocionales.
Si pasamos –sobrevolando sus obras más selectas- a nuestros máximos poetas, descubrimos cómo María Inmaculada, merced de Dios y de los hombres, está siempre presente, con especial relieve y calidad, dentro de la justeza teológica, con palabra encendida, ardiente, traspasada de la belleza que arrebata el corazón. No puedo menos de citar los siguientes nombre, y destacar algunos versos significativos: Fray Jaime Torres, en su obra Divina y varia poesía (Huesca, 1579), que sale a luz el año en que nace Tirso de Molina, requiebra a María con acento poético digno de quien fue profesor de Artes de los poetas Argensola:
Paloma santa, ¿quién podrá alcanzaros
volando tan subida y encumbrada,
cuanto sólo Dios pudo levantaros,
teniéndoos en su mente preservada?
Suárez de Godoy -que editó, en el último tercio del siglo XVI, una obra monumental, de más de mil páginas, Tesoro de varias consideraciones sobre el salmo de “Misericordias Domini in aeternun cantabo”_ dejó sembrados, entre su prosa renacentista, cual rojas amapolas, sus mejores versos mariales:
Haced grande, alma mía, al que pequeño
se hizo en mis entrañas, siendo grande,
y, pues se abrevia un Dios en sí tan grande,
engrandecedle vos, aunque es pequeño...
Alonso Remón nos dejó un tríptico de sonetos a María, de gran belleza, como colofón de su obra Entretenimientos de juegos honestos, donde el poeta -cual la Sabiduría divina- juega con el vocablo consagrado a María:
Niña de aquellos ojos del Dios hombre,
estrella de aquel Sol que es todo día,
zafiro que movió Dios con su aliento:
Al concebiros, ¿quién os niega el nombre
que al escogeros Dios os dio, María?
¡Yo, que os tengo en el alma, así lo siento!
Finalmente, pongamos el broche de oro con nuestro máximo poeta-dramaturgo, fray Gabriel Téllez -El Maestro Tirso de Molina-, que se gloría, en Santo Domingo, al poder afirmar cómo fueron los primeros en llevar a la isla la proclamación de María Inmaculada, a pesar de estar allí implantadas las Órdenes de Dominicos y Franciscanos, los últimos, por temor, no se atrevían a predicar sobre esta insigne gracia de María: Zumel mismo lo había ordenado en su último Capítulo General; pero la praxis mercedaria tenía trasfondo originario. Pues bien, ahora, al poetizar, se dirige a María con humilde palabra emotiva; y con palabra culta. Veamos un ejemplo de cada una:
Ojos de Dios sois, amores,
pues, con el blanco color
y lo azul, sois niña zarca
que me roba el corazón...
Y, en esta misma obra en honor de la Fundadora de las Concepcionistas, aparece Jaime I, con capa de la Merced, mientras Antonio de Padua explica:
Don Jaime Primero es éste
que a su Concepción dedica
la Orden de la Merced,
porque cautivos redima,
en fe de que su Patrona
jamás estuvo cautiva
en la original prisión...
Por razón de la pureza
de su célebre milicia
se viste el manto que ves
del candor que el alba envidia.
Y en Deleytar aprovechando (1635) utiliza la imagen de la melodía para el concierto de todo el ser de la Madre, merced de Dios y para todos, asumiendo ideas escotistas, con originalidad poética:
Y, si hizo el son concertado
se aquel dúo en su supuesto,
que el Verbum caro ha cantado,
¡no es bien que en ella haya puesto
disonancia de pecado!
CONCLUSIÓN
Después de este recorrido -volandero, pero lleno de autenticidad filial- por la vida y realidad histórica de María en la Orden Mercedaria, hemos podido constatar hasta qué punto María de la Merced es consubstancial, y está realmente presente, a lo largo de su trayectoria de ocho siglos, en esta institución inspirada por ella, Madre del Redentor y Madre de la Merced, en unidad profunda. Y porque esta advocación es histórica, está vitalmente vinculada a la historia de una Orden que consagró sus mayores y mejores esfuerzos a la obra redencional. Era, pues, necesario exponer, y proponer a nuestra consideración, no sólo una teología mariano-mercedaria, sino -con miras al presente y al futuro de la devoción de María de la Merced- una historia mariano-mercedaria. Ambas son complementarias y se implican mutuamente.
Juzgo que la merced de María, que es ella misma, María de la Merced, es de candente actualidad, y es quizá la advocación histórica más teológica y poéticamente actual: Hoy día habla, sensible y cordialmente, a la conciencia de tantos jóvenes que sienten la necesidad de seguir a Cristo Redentor llevados de la mano de su Madre, que es, a la vez, nuestra Madre, Madre de la Iglesia, como supo explicitar Pablo VI. Nada ni nadie podrá “robarnos” este título mariano, lleno de resonancias redentoras y liberadoras, en un mundo, como el que nos toca gozar y sufrir, lleno de contradicciones y de violencias permanentes; donde las nuevas forma de cautividad están bien patentes; visibles y audibles, en los medios de comunicación, que son un exponente de la vida en su más cruda realidad sangrante. Cuantos queramos hacer algo por lograr una mayor libertad para el ser humano, no podemos olvidar que uno de los títulos marianos, siempre nuevos y atrayentes, es Merced, misericordia liberadora. De modo que trasciende a la misma Orden que lo originó y actualiza, para ser ofrecido a todo cristiano, en su compromiso de liberación integral del ser humano, tan desvalido y amenazado siempre: ¡Hoy se siente expoliado de su libertad auténtica, don sagrado por excelencia, dador de sentido y dignificador del humanismo crisiano! |