San Pedro Nolasco
San Pedro Nolasco PDF Print E-mail
Tuesday, 12 January 2010 04:33

 Barcelona, 1203.San Pedro Nolasco

- ¿Qué?
- ¿Dónde?
- ¿Cómo?
     Que Pedro, el de los Nolasco, se había vuelto loco, rematadamente loco. De otra manera no podía comprenderse lo que había hecho: gastado una enorme fortuna comprando cautivos.
     En Valencia. Eran muchos, muchísimos, más de trescientos los que había mercado. Y no para traficar, no. Por pura caridad, desinteresadamente, para dejarlos ir.
     Había viajado a Valencia  de negocios, y en vez de mercancías, había adquirido cautivos a los moros.
     El rumor era verdadero. Y tal gesta acaecía el año 1203 Pedro había nacido hacia 1180, tal vez un par de años arriba o abajo. Hijo de emigrantes provenzales, se había criado en los aledaños de Barcelona, en la masía familiar del entorno de la Ciudad condal. Luego se estableció en la urbe, haciéndose munícipe barcelonés, seguramente asentado en uno de los burgos que recibía la población excedente de intramuros.

     Como tantos otros inmigrantes, sus progenitores había acudido al reclamo de las ofertas brindadas por el conde don Ramón Berenguer IV, que, conquistador de vastísimos territorios a los musulmanes, precisaba repobladores con que avivar las tierras baldías. Trabajadores y austeros, los Nolasco hicieron fortuna en el campo, amasando sustanciosos ahorros.

     Eran tiempos para los audaces. Barcelona fungía como principalísimo puerto del Mediterráneo, desde el que los ambiciosos podían lanzarse a Baleares, Valencia, Italia, y aun recalar en los puertos de Egipto, Siria y Asia Menor. Emprendedores y arriesgados, también los Nolasco entendieron en exportar tejidos, lana, lino, azafrán, miel, a la par que traerse productos exóticos. Y les fue bien.

     Ahora el patrimonio había incidido en Pedro que, muerto su padre, debía asumir el protagonismo del apellido y la iniciativa de la empresa familiar. En este momento era, según el padre Pedro Cijar, el varón de Dios, mercader óptimo, justo, piadoso, muy compasivo y misericordioso.

¿Dónde bebió Pedro su exquisita espiritualidad? ¿Quiénes fueron los forjadores de su carisma personal?  Se evidencian en él la probabilidad familiar y una sensibilidad social heredada. Valorando a Dios como razón suprema de su vida, descubre a todos los hombres como hermanos y personaliza una apasionada debilidad por los más pobres y desgraciados.

     Y sobre esa base incide la espiritualidad del Cister. Su sobriedad mística, la centralidad de la humanidad de Cristo, el marianismo acendrado, Pedrosos ha recibido de Cister. Es un deslumbrado por la fuerza renovadora de Bernardo de Claraval, que en la Península viven más de setenta monasterios y que en Cataluña irradia desde los veneros de Poblet y Santas Creus. No nos extraña que le fascinara la vida monacal, y que tuviera sus titubeos antes de la llamada definitiva.

     Pero Nolasco es el laico. Laico lo proclaman los documentos reales; laico lo confiesan nuestros historiadores, muy a pesar suyo, pues, a veces, lo tienen a menos por eso. Y de ahí que biógrafos imaginativos lo trazaran clérigo y sacerdote. Otros, por el mismo complejo, lo armaron de nobleza, espada, caballo. Craso error. Imperdonable despropósito. Las Constituciones de 1272, que recogerán su espíritu, son pacificas, prohibiendo hasta usar guantes de cuero, imprescindibles para manejar armas, y llevar cuchillos, reglamentado la utilización de cabalgaduras no beligerantes.
     Nolasco es el laico, que heredó el genio familiar de la mercaduría, y, tocado por Dios, invirtió su talento y su arrojo en la gran empresa de la libertad. Su personalidad es fresca, espontánea, libre, rompedora. Lo que imaginó, lo que creó, lo que llevó a cabo hubiera sido difícil, quizá imposible, de pertenecer a cualquier estamento, de estar vinculado a un grupo social. Fue creativo por que era libre. 

Nolasco, el tocado por Dios.

     Pedro es el interpelado, que se deja seducir. El tocado, que se deja arrastrar. Ungido por el Espíritu, no se resistió a su vorágine. Golpeado por Cristo, se le rindió incondicionalmente.

     La tradición mercedaria nos ha conservado la Palabra que hirió a Pedro: Que el día del juicio, por su misericordia sentados a su derecha, seamos dignos de oír aquella dulce palabra de la boca de Jesús: Venid, benditos de mi Padre,  a recibir el reino que os estaba preparado desde el comienzo del mundo. Porque estaba en la cárcel, y me asististeis. Me hallaba enfermo, y me visitasteis. No tenía hogar, y me acogisteis. Todas las cuales cosas ha encomendado Jesucristo que se cumplan en esta Orden a fin de realizar e incrementar obra de tan gran misericordia como es la de visitar y redimir cristianos cautivos del poder de sarracenos y de otros contrarios a nuestra fe.

     Dotado de una fe profunda, asume que, llamado por el Dueño de la viña, su vida es una tarea que ha de realizar. Al final de la jornada, habrá de dar razón de sus empeños al Cristo.
     Y sobre esta convicción central y vertebradota, incide una exquisita delicadeza por el prójimo. Sabe que para él la respuesta al Señor pasa por los cautivos, los esclavos en poder de enemigos de la fe, que ahora se les llama sarracenos.

     Precisamente por que no hay colectivo más mísero, más desesperado, más olvidado, más indefenso, más vulnerable. Ellos son su vocación.  

     En la documentación que se nos ha conservado de sus primeros años, Pedro no se da otros títulos que los de procurador de la Limosna de los cautivos (1219 y 1232), rector de los pobres de la Misericordia (1227), cuestor y custodio de la Limosna de los cautivos (1231). Al esclavo había que comprarlo, romperlo de cadenas, alimentarlo, sanarlo, vestirlo, conducirlo, reciclarlo, mantenerlo hasta que se valiera, como el ser más desventurado. Tanta desdicha conmovería a Pedro. Pero además,  como cristiano medieval, le horroriza que el cristiano pueda perder su fe. Le amedrenta que haya personas a las que el desaliento aboque a la apostasía.

     Su humanismo es inseparable de la fe. Le apasiona el hombre libre y creyente. Sus hijos lo verán segundo redentor, equilibrador del desgarro  que la esclavitud ha traído al mundo, semejante a la turbación ocasionada por el pecado original:

Así como Dios, padre de misericordia y Dios de toda consolación y dados de alientos en toda tribulación, por su gran misericordia envió a Jesucristo, su Hijo, a este mundo para visitar a todo linaje humano, que estaba esclavo del pecado en  poder del diablo… así también Padre, Hijo y Espíritu Santo dispusieron por su misericordia y por su gran piedad fundar y establecer esta orden llamada de la Virgen Maria de la Merced de la redención de los cautivos de Santa Eulalia de Barcelona, del cual mandato dispusieron servidor, mensajero, fundador y adelantador a fray Pedro Nolasch.

     Audaz es el aserto de los mercedarios de 1272. Pero tal apreciaban a su Patriarca, y así conceptuaban la empresa por él iniciada, un compromiso definitivo y absoluto con el hombre cristiano. Por eso no le importó dar por los cautivos todo cuanto tenía, dinero, y casa, y negocio, y familia en 1203; para luego ir gastando en ellos y para ellos su vida, su talento, su tiempo, su amor, su cada día.

En el Hospital Santa Eulalia.

     Con veintidós, veintitrés años. Pedro ha quedado pobre. Su pródiga caridad le ha llevado a la miseria. No tiene nada, ni aun techo que le cobije. Y la penuria lo aboca al lugar de los indigentes de Barcelona,  el Hospital de Santa Eulalia, que nos era un centro sanitario, sino un albergue, la casa de acogida para los mendigos, los vagabundos, los sin techo, los muertos de hambre; mantenida por el Cabildo catedral.

     Nolasco tenía así cobijo, aportaba un apoyo valiosísimo al centro y, desde allí realizaba sus campañas petitorias para la redención, porque a partir de 1203 cada año hará una expedición liberadora. Esta vinculación de Nolasco al Hospital, punto muy sensible en la ciudad, explica que se le dieran en dote y como patrimonio el día de la fundación de la Merced. Los canónigos tenían a Nolasco como de la casa, estrechamente relacionado con el albergue y asociado a ellos en la plegaria de la catedral. De no ser tal, en absoluto se le hubieran entregado.

     Así es cómo el Hospital de Santa Eulalia fue cuna de la Merced, y hasta dio secularmente nombre a la Orden, simultaneando éste con los títulos de Orden de la Merced de los cautivos, que empiezan a utilizarse en 1238, y de Orden de Santa Maria de la Merced de los cautivos, preferido desde 1278.

     Estaba Pedro tan apegado al Hospital barcelonés que sólo nueve años después de instituida la Merced realizó la fundación de otra casa. La afición se patentiza así mismo en que el año 1227 aún seguía llamándose rector de los pobres de  la Misericordia, título que seguramente ostentaba antes de fundar la Orden, desde el momento en que el cabildo descargó en él la gerencia, custodia o procuraduría del centro.

     Llegaría el momento en que Nolasco y sus compañeros optaran por dejar el hospital. Que vivir en el palacio real, gestionar el Hospital que les diera el Cabildo, pudieron convertirse en limitaciones. Tal vez se sentirían fiscalizados por el Cabildo, quizá les absorbería demasiado la atención a los acogidos en detrimento de la redención de cautivos, a lo mejor la corte rompía el clima que requería su comunidad, quien sabe si se sentían la necesidad de erigir el templo para Maria como madre y fundadora, acaso la  donación no había sido más que de usufructo…
  
      Lo cierto es que Nolasco tomó la decisión, que debió meditar mucho, de irse de su casa de muchos años.
   
      Ramón de Plegamans, que lo supo, adquirió un solar junto al mar y lo dono el 10 de Agosto de 1232 a la Limosna de los cautivos, costeando además la edificación de un convento, donde estarían ya los Mercedarios el 25 de Octubre del 1234, cuando fray Pedro Nolasco se intitulaba rector de la Limosna de los cautivos y del Hospital edificado por Raymundo de Plegamans, queriendo significar con el nombre del nuevo convento era continuador del Hospital de Santa Eulalia.

      Refiriéndose al período, enmarcado entre los años 1203 y 1218, el padre Nadal Gaver precisa que el devotísimo varón Pedro de Nolasco, domiciliado en la ciudad de Barcelona, estuvo largo tiempo dedicado a Dios, entregado a obras de Misericordia, especialmente a redención de cautivos, y suplicando al señor que le manifestase lo que a Él le fuese grato y aceptable para ganar el reino de los cielos. Nolasco además empieza a tener colaboradores. Y sigue a la escucha, entre los pobres. Es desde ahí donde Dios habla más fuerte.

La pobreza mercedaria.

     Nolasco se hizo pobre. Vino a la indigencia por propia voluntad,  por vocación, por solidaridad.
     No se quedó en limosnero. Llegó hasta desprenderse de todo. Y, mucho más, se dio a sí mismo. En eso consiste la pobreza mercedaria, en estar disponible. Comprometerse con el pobre hasta el punto de dejarlo meterse en tu casa, penetrar en tu propia vida.

     La santísima Virgen, en dicción de Gaver, exigió a Nolasco que dedicase absolutamente todos sus haberes, sin restricciones y pródigamente, a la redención de cautivos, así como que no difiriera entregarse él personalmente y sin limitaciones a esa actividad. Y pasó toda su vida con los pobres, en los hospitales de Santa Eulalia, el recibido del Cabildo, primeramente, el edificado por Ramón de Plegamans, después.

     Pero además a los que cada año redimía no los dejaba ir sin más y a su suerte. Los atendía desde la comida y el viático hasta el vestuario y el corte de cabello. Se les darán ropas nuevas, según la estación, y dinero para llegar a su casa con gozo y alegría, preceptúan las Constituciones de 1272; enfatizando que los rescatados sean atendidos sin murmuraciones ni tacañerías por los religiosos.
     La pobreza mercedaria tiene su peculiaridad: es austeridad, para la solidaridad. Los frailes que crea Nolasco no son astrosos. Llevan hábito blanco, el color de la gente llana en una sociedad muy estratificada, de lana cruda sin aprestos. Visten y calzan con dignidad: capa, túnica, calzas, bragas de lino, zapatos. No pueden usar paños lujosos, pero tampoco ínfimos. Duermen en cama individual. Utilizan cabalgaduras.

     Pero eso sí, ellos y todo lo suyo se deben a los cautivos. Todos los frailes han de trabajar para la redención, los que salgan a pedir, los que se cuiden del culto, los que cultivan las fincas. El cautivo es el único empeño, ministerio y sacramento del Mercedario.

     Los frailes trabajarán, se afanarán y, luego de comer y mantenerse con parquedad, lo demás se debe a los cautivos y se emplea en la redención. Todo es Limosna de los cautivos, que, como sagrada, nadie puede vender, empeñar, enajenar o empeñar con tributos, so pena de censuras y excomuniones.

Y en ocasiones habrá en que se venderán los paños después de estar comprados para vestir a los frailes, porque los redentores habían de acudir urgentemente a cautivos en riesgo. Por lo mismo se llegará a enajenar cálices, copones y alhajas de los templos, considerando que, según la palabra del Señor, nos es mejor conservar los vasos vivientes que los de metal y que la redención de cautivos debe ser el mejor ornato de nuestras iglesias, resolverá lustros después la comunidad de Barcelona, heredera directa del sentir del patriarca.

     Cuando los redentores partían a su misión llevaban poderes para empeñar todos los vienes de la Orden, si lo veían preciso. Y las Constituciones de 1272, que prohibían desprenderse del patrimonio de la Religión, preveían que el general, con sus consejeros, diera, vendiera, cambiara o enajera sus posesiones para la redención de cautivos.

     En 1516 el papa León X,  queriendo premiar el buen hacer de los Mercedarios, cometió el desacierto de otorgar por la bula Dum GRATA Deo que el padre general pudiese tomar un tercio de los bienes de la redención para remedio de las casa pobres, y se levantó tal clamor en la Orden que el capitulo general de 1520 y capítulos sucesivos hicieron explicitas renuncias a ese favor otorgado tan absurdamente por el pontífice.

      Y pobre fue, es y debe ser la Orden de Pedro Nolasco. La Merced ha claudicado siempre que, emulando a órdenes prestigiadas, ha levantado soberbios conventos, ha construido innecesarios templos. Por que los monumentos que la orden ha de erigir, los templos que a la Merced le toca alzar, son los marginados que debe ennoblecer.

María,  Madre de la Merced.

     María pertenece a la esencialidad de la Merced. Es su razón, el quicio de su historia. La Orden no se entiende sin Ella. Por, cuando, SEGÚN LAS constituciones DE 1272, la Trinidad dispuso fundar la Orden, la comisionaron a Ella para anunciar su proyecto a Pedro Nolasco.

      La Madre de Cristo realizó el encargo apareciéndosele al santo Varón en el silencio de la media noche el primero de Agosto de1218, estando él en oración, nos dice el padre Nadal Gaver, que imaginó un delicioso diálogo entre fundadora y servidor:

     Dios – anuncia Ella-, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por su gran misericordia y por la gran caridad con que amaron al género humano, quisieron fundar y establecer una orden que se le llamara orden de la Bienaventurada Maria de Merced de la redención de cautivos cristianos, para que sus frailes visiten y rediman  a los cristianos cautivos en poder de los enemigos de la fe.
     -O Virgen María –inquiere él-, Madre de gracia, Madre de misericordia, ¿quién me va a creer?
     -No dudes en absoluto –ratifica Ella-, ya que es voluntad de Dios que se funde en mi honor esa Orden, cuyos profesos se expongan para ruina y redención de muchos  a ejemplo de mi hijo Jesucristo.

     Y así, desde su intimidad de Madre e Hijo, Pedro Nolasco ha propiciado para la Iglesia  una advocación mariana de hondura teológica, raigambre bíblica, atractivo hechicero. Ha presentado un nuevo rostro de Maria.
     La ternura divina para los pobres, marginados y los cautivos.
     La mujer comprometida en la lucha por la libertad.
     La madre corredentora, puente entre el Hijo rico y los hijos pobres.
     La virgen blanca, incontaminada, inmaculada.
     La creyente urgidora del valor supremo de la fe, por encima de la vida misma, hasta el martirio.
     La evangelizadora de los nuevos horizontes y las culturas recién estrenadas.
     La garante de la victoria definitiva sobre el mal, la opresión, la desigualdad.
     Pedro Nolasco a dado Madre a los Mercedarios. Nos ha legado una devoción inusual a Maria, de convicción filial y como modelo que imitar, rayana en chaladura. Cuando los nombramos, Madre, la boca se nos hace miel. Y nuestro embeleso se significa.
    En el nombre mismo del Instituto, orden de Santa Maria de la Merced.
    En la proclama de las primeras Constituciones, luego secularmente reiterada, de estar destinadas a honrar a Dios y a la Virgen su madre.
    En la denominación y color, albo, del atuendo regular, el hábito de Santa María.
    En la práctica ancestral de rezar diariamente el oficio mariano.
    En las celebraciones  de misa y salve sabatinas.
    En el abrirse los capítulos el sábado con misa solemne de la Virgen.
    En la dedicación a Ella del primer templo en la casa de madre de Barcelona en el año 1249
    En la preferencia de destinarle las iglesias y los altares que la Orden ha ido erigiendo en sus casi ochocientos años.
    En ponerla al frente de todas las expediciones liberadoras, enviando a los redentores en su nombre, enarbolando su pendón en la proa del barco libertador, recibiendo como exvotos los grillos y cadenas de los salvados.
    En aceptar la regencia, culto y pastoral de santuarios marianos.
    En llevar su advocación allende los mares y prodigar su imagen por todos los continentes.
    En el olfato mercedario por los privilegios marianos, singularmente de la Concepción inmaculada en la explicitación del nombre de la Virgen santa María en la recepción de donaciones, ofrendas y fundaciones.


La Fundación

 
    Resultó sumamente fácil dar el paso. Se esperaba. El Rey, el Obispo, la nobleza, el clero, el pueblo, todos querían que Pedro Nolasco institucionalizara lo que tan prodigiosamente venía realizando quince años ya.

     Así que cuando la Virgen lo quiso disponer, pues la santísima y cristianísima Orden nació de una revelación divina realizada por la santísima Virgen Maria, dice el padre Nadal Gaver, le basto a Pedro comunicarse con el obispo Berenguer de Palou y con el rey don Jaime I el Conquistador, para que, en pocos días, estuviera todo ultimado.

     Conocemos por documentación fidedigna lo más esencial de la ceremonia, realizada el 10 de agosto de 1218 con el lustre de los grandes acontecimientos, en olor de multitudes alborozadas.
     Se escogió el día festivo más inmediato, la solemnidad de san Lorenzo, un buen marco por jubilosote la jornada y por que el signo martirial del Santo definía a la Religión redentora que nacía. Se ofició  en la barcelonesa catedral de la santa Cruz, significándose que se movía a los fundadores un gran amor a Cristo que con su preciosa sangre nos rescató, como memoraría el rey don Jaime II el Justo en 1302. La ceremonia se realizó en el altar mayor, ante el emblemático sepulcro de santa Eulalia, la virgencita barcelonesa inmolada en aras de la fe.

     Al lado de Nolasco se halló el rey don Jaime, que otorgó a la Orden el propio escudo real, constituyendo a Pedro Nolasco y a sus frailes en familiares del monarca y protegidos de la corona. Fue tan protagonista que la cancillería real y nuestros historiadores antiguos lo llamaron el fundador. El Pedro IV el Ceremonioso llegaría a decir que la Orden tuvo en el rey don Jaime el principal fundamento después de Dios, pues que realizó dos cosas importantes al servicio de la fe, conquistar a los moros grandes territorios y fundar la Merced. El padre Gaver encumbra al Soberano a la categoría de fundador, institutor y protector.

     Pero más definitiva resultó la presencia del obispo Berenguer de Palou, promotor canónico, cabeza de la Iglesia barcelonesa y de su Cabildo catedral y, por canciller del Reino, mentor del Príncipe que no contaba sino diez años. El  Prelado vistió túnica, escapulario, capucha, capa de color blanco a los nuevos frailes, les asignó la regla de San Agustín como norma de vida y les impuso la cruz blanca en campo rojo agregándoles al Cabildo catedral.

     Ambos, en cuanto patronos y fundadores, dotaron a la Orden con una parte del palacio real, don Jaime; con el hospital de Santa Eulalia y sus rentas, don Berenguer.
     Estas informaciones, de fuentes incuestionables, el padre Nadal Gaver las exorna agregando que el acto institucional de la Merced se tuvo con el máximo concurso de consejeros reales, nobles, caballeros y ciudadanos, en el marco de un pontifical, procedido de magna procesión, luego del sermón, en el ofertorio. El también informa de que Pedro Nolasco, después de ser ataviado con el hábito de la gloriosísima virgen María, hizo progresar mucho a su Orden, juntamente con sus compañeros, que fueron fray Guillermo de Luso, al que él mismo impuso el hábito inmediatamente después de sí, fray Bernardo de Corbera, fray Pedro Pascual y otros muchos. Pedro Nolasco –prosigue- amplió muchísimo la Orden y la acrecentó con numerosos privilegios, gracias, rentas, favores temporales; afanándose por la redención de cautivos.
     Gaver, arrastrando nuestro secular complejo de inferioridad, quería enfatizar las grandezas mundanales de su Orden, que no fueron ni son tantas. Aunque, eso sí, la Iglesia no hubiera sido la misma sin la Merced. Porque desde nuestra pequeñez, los Mercedarios, inventados por la mismísima augusta Trinidad, iniciados por la propia Madre de Dios, guiados por Pedro Nolasco, hemos marcado el cenit en el mandamiento divino del amor y hemos enseñado el modo filial de gozar de Maria.


El voto de Sangre.

     Suena fuerte, pero lo es. Un voto auténticamente martirial.
     Todos los religiosos se obligan a vivir pobres, renuncian a la familia, entregan su propia voluntad. Pero eso a Nolasco no le alcanza. No le bastan los frailes austeros, célibes, sumisos; los suyos habrán de emprender largos viajes, habérselas en situaciones de riesgo, jugarse muchas veces la vida, hallarse en peligros morales, disputar con agudos imanes. Y para eso solo valen los capaces de asumir que su vida no les pertenece, los que quieran dar sobre sí mismos tal derecho a los cautivos que incluso les podrán exigir la existencia, los que solamente juren ante el altar de santa María estar dispuestos a quedarse en rehenes por los cautivos, a morir por ellos.
     
   En su profesión los Mercedarios –disponían las Constituciones 1272- hagan voto solemne en las manos del maestro y juren obediencia, castidad, pobreza y guardar las Constituciones del capítulo general, que establecían cómo, a la imitación de Cristo que nos visitó y liberó, han de trabajar de buen corazón y con buena voluntad en la caritativa obra de visitar y redimir aquellos cristianos que están en cautividad, en poder de sarracenos y otros enemigos de nuestra ley. Para la cual merced de seguir y adelantar y visitar y librara cristianos del poder de los enemigos de la Orden de Jesucristo, los frailes de esta Orden, como hijos de verdadera obediencia, estén en todos los tiempos alegremente dispuestos a poner la vida, si es menester, como Jesucristo la puso por nosotros. 

     Un hombre que hace tal opción es libérrimo, imparable. No teniendo nada que perder, movido por convicciones profundas, el Mercedario se hace invencible. La tradición cuenta que Nolasco sufrió más de una vez vejaciones y aún torturas, no lo podemos ratificar, pero asumido sí lo tenía. Como también que un día le trajesen el hábito ensangrentado de fray Ramón de Blanes, el protomártir, decapitado en granada el año 1235, o que le contasen cómo el entrañable fray Serapio había sufrido muerte atroz de los musulmanes argelinos, ensañados con él hasta asparlo vivo.

     Claro que, aunque todos estaban dispuestos, sólo algunos mercedarios podían ir a redimir; mas la obra era de todos, desde su convento, en su ministerio, se concertaban en el mismo empeño. La misión culminaban los que el Capítulo general designaban cada año; frailes, como dicen las Constituciones primitivas, templados en comer y beber, sabios y prudentes en la compra. Los moros buscaban la confrontación, la disputa; trataban de timarlos en las compras; los querían reducir en sus principios, aun echándoles mujeres seductoras. Por eso a redimir iba lo mejor, lo más preparado.
     Ignoramos cuántas redenciones realizó Nolasco. Sí conocemos que su propósito era hacerlas cada año. Se dice que durante su gobierno fueron liberadas 3,920 personas. De las donaciones de aquellos de aquellos años sólo conocemos dos, de cien sueldos por Raimundo de Ruvira en 1231.

     Más Aunque hubiera contado con medios sobrados, Pedro no habría atajado estigma social tan descomunal. Por eso su obra de Merced entendía en visitar y redimir. Visitar es aún más importante que redimir. Porque la redención no podía alcanzar a todos; porque la visita implicar oí, interesarse, acompañar, dolerse, llorar, animar. No se trataba de ir, ajustar unas compras según el caudal disponible y venirse en aires de triunfo; se entendía practicar la misericordia. Por  eso tan frecuentemente se quedaban los redentores entre los cautivos, para asistirlos y era prenda del dinero empeñado porque nunca bastaba.


  
El Olivo de Pedro Nolasco.
    

     El padre Francisco Zumel nos ha relatado una hermosa visión de Pedro. Si de propia cosecha y recibida de la tradición, lo ignoramos. Más es bella y sugerente la alegoría.
     Una madrugada, retirándose tras prolongada vigilia en el templo, adormecido en un escaño, Pedro contempló en sueños un frondoso olivo plantado en espacioso pórtico. Se sintió cobijado bajo su protector ramaje; mas, cuando gozaba de tan placentera sensación, se le presentaron varones honorables diciéndole venir de parte de un gran rey para ayudarle a defender el Olivo. Advirtió luego cómo accedían otros individuos, que con hachas e instrumentos de destrucción se dieron a herir y cercenar fieramente el olivo, decididos a exterminarlo. Sin embargo, Pedro preparó estupefacto que cuanto mas sañudos eran los golpes y los desgarros, tantos más eran los pimpollos y las ramas que al Olivo le pululaban, hasta que su ramaje llenó por entero el atrio.
  
  Entendió Pedro que el enigmático Olivo era la Iglesia de Cristo, frontalmente atacada por los musulmanes. Él la debería defender con el apoyo del ínclito rey don Jaime, campeón en las guerras contra los moros. Así mismo adivinó que a él le incumbía la defensa de la fe mediante la fundación de una Orden que se empeñara en la redención de los cautivos.

     Esta experiencia mística la previno de lo que Dios le tenía reservado. Pero no entendió cabalmente el encargo hasta que la Madre de Dios le intimó el divino designio de la institución de la Merced. Desde entonces, disipadas ya todas las dudas y pospuestos todos los titubeos, se dio Pedro a la misión para la que la Trinidad le comisionara. Desde 1203 le venían llegando colaboradores, que devinieron en el núcleo fundador de la Orden; mas es ahora, en 1218, instituido fundador, cuando se da a ganar adeptos y asociarse partícipes. Y es admirable cómo Pedro Nolasco acertó a captar y a organizar su Olivo.

     Dio entrada a la Merced a los laicos y clérigos. Aceptó a hombres que querían pertenecer desde la sencillez del trabajo en el convento, su hospital o su agro, siendo los hermanos conversos. Halló su sitio para quienes buscaban hacer algo, sin demasiados compromisos, llamándolos donados. Muy pronto hubo mujeres que se sintieron captadas por el espíritu Mercedario, y las reunió en casas de sorores o beatas, que, radicadas cerca del convento, ayudaban en la asistencia a los excautivos. Importaba llegar lejos, anunciar la  misericordia liberadora de Dios y recoger limosnas, y fue estableciendo por doquier cofrades, hombres y mujeres vinculados a la Orden, o simples cuestores, que por pueblos e iglesias mantenían alcancías y capazos para recibir donaciones en dinero o en especie.

     Cada comunidad tenía un distrito; cada fraile una bailía, con veredas que anualmente recorría animando a cofrades y cuestores, predicando en las iglesias, promulgando indulgencias, acopiando limosnas. Para que la palabra fuera mas impactante, Nolasco inventó que los redimidos, excautivos, dedicaran un tiempo a la Orden, acompañando a los frailes y conmoviendo con su testimonio.

     Nolasco tardó años en establecer nuevas comunidades, como si le costara separarse de sus hijos. No fue hasta enero de 1227 cuando creó un segundo convento en Perpiñán.  Como si rompiera la barrera, uno a uno, fue constituyendo hasta diecinueve conventos. Al frente de cada uno ponía un comendador, porque a él se le encomendaban los religiosos y las limosnas de los cautivos. Sobre conjuntos de casas situó comendadores mayores. Al frente de la Orden se establecería una junta de cuatro consejeros, definidores, dos legos y dos clérigos; al lado del general se asentaría un prior, para regir los asuntos espirituales.

Pedro Nolasco, el maestro.

     En 1235 Pedro cosechó la gran satisfacción, el 17  de enero el papa Gregorio IX expidió en Perusa la bula Devotionis vestrae aprobando su Orden. Es verdad que la Merced ya tenía canónico, como instituida por el ordinario de lugar, el obispo Berenguer; pero así obtenía el refrendo del Pastor supremo y lo envió eclesial al universo.
     Pedro es llamado por el Pontífice magíster, el maestro, título que Pedro nunca utilizó. Algunos han querido sacarle a la nominación más de lo que dice, la prueba categórica de ser la Merced una orden militar, cuando lo único que explicita es cómo veían y llamaban sus frailes al  Fundador, el maestro, el modelo, el dechado. 

     La bula ratifica para la Orden de la Regla de san Agustín, que ya venía siendo su pauta. El estilo de vida del patriarca y las normas agustinianas bastaron hasta que en 1272 fray Pedro de Amer, codificando máximas escritas y sancionando costumbres adquiridas, promulgó las primeras constituciones. Por que el concilio de Letrán había prohibido en 1215 que se creasen nuevas reglas monásticas, Pedro Nolasco, el obispo Berenguer y el rey Jaime cuando preparaban la fundación se decantaron por la  Regla agustiniana, como más adecuada a la peculiaridad mercedaria.

     La confirmación pontificada incide en una coyuntura próspera d la Merced; el Olivo de Nolasco está echando nuevas ramas, le pululan prometedores pimpollos, arbórea copudo y fructífero.
     En 1229 el rey don Jaime conquistó Mallorca; allí estuvo Pedro Nolasco; en reconocimiento al pueblo mallorquín lo declaró patrono de la isla en 1639. No podía excusar su presencia, que estaba obligado como miembro de la casa real y redentor oficial de cautivos; fruto de su colaboración fue la fundación de un convento al que 1232 Guillén, obispo de Gerona, donaba una bestia para servicios de la Limosna de la Santa Redención y donde ese mismo año fue acogido como colaborador Domingo Dolit, asegurándole alimento y vestido mientras fuese obediente y recogiese limosna para los cautivos.

     En 1234 la Orden se instaló en Gerona por obra de Ferrer de Portell y su esposa Escalona, que, el 25 de octubre, se dieron y ofrecieron al señor Dios y a la limosna de los cautivos en mano y poder de Pedro Nolasch, para honor de Dios y de la Virgen María y para remedio de su alma. Aportando todos sus bienes, quedaron agregados a la Merced como donados, constituyendo con algún otro religioso una comunidad mixta, iniciativa genial de Nolasco que, por desgracia, no tuvo continuidad. En 1241 estaba con ellos fray Pedro Nolasco, ministro de la Orden de San Agustín que redime cautivos.

     El año 1235 se abría convento en  Vic, por obra del rey patrono; que también por ahora puso a sus frailes  en Lérida; así como en Sarrión, Teruel, parece que cuando desplegaba la ofensiva sobre Valencia. Antigua es la presencia mercedaria en Zaragoza y en Calatayud, hitos tan importantes para los propósitos del Patriarca de extender la red de caridad.

     Y siguiendo su difusión por Cataluña, la Merced en 1238 se asentaba en Castelló de Ampurias, Gerona. En 1239 la Iglesia de Tortosa, por medio de su obispo Poncio, le donaba un solar. En 1240 ó 1241 recibía en Tarragona el legado de la extinta orden de la Penitencia. Así mismo el Instituto redentor se radicaba en Santa María dels Prats, cerca de Montblanch, el cenobio santificado luego por san Pedro Armengol.

     Varios de estos conventos cuentan con iglesia, porque Pedro Nolasco se apercibe que le convienen los clérigos, más idóneos para catequizar y sacramentar a los cautivos, para enfrentarse a rabinos e imanes.

El Testamento de Pedro Nolasco.

     No es que tengamos un testamento del Fundador de la Merced, aunque lo son las Constituciones de 1272, en las que sus directos colaboradores plasmaron su proyecto, el espíritu genuino del Patriarca. Pero sí sabemos lo que le preocupaba al final de sus días; porque recogió sus últimas voluntades Inocencio IV en la bula. Si iuxta, expedía en Lión el 5 de enero de 1245.
1º.- Le sigue golpeando el texto de Mateo 25, la cuenta que dará su vida, le aguijonea que ha de convertir las cosas terrenas en celestiales y las transitorias en eternas.

2º.- Quiere a sus mercedarios absolutamente entregados a la caridad: Pobres en espíritu, espontáneamente asuman el peso de la caridad, a fin de poder ayudar más generosamente; capaces de abundar para los pobres y carecer para sí mismos.

3º.- Deja a sus frailes en herencia a los pobres; Concientes de constituir una Orden cuyos miembros sirven a Dios redimiendo cautivos y se empeñan con todas sus fuerzas en estar prestos a las necesidades de los pobres y de los enfermos, y de haber sido fundados en una casa de acogida, el hospital de Santa Eulalia, deben hacer de cada convento un hogar que no sólo acepte, sino que busque y reclame a los sin techo y enfermos; pues lo suyo es practicar todas las obras de misericordia, no sólo visitar a los enfermos, sino cargar sobre sí las enfermedades de todos.

4º.-  Tiene claro que el futuro de su Orden y la eficacia de su programa redentor depende de la buena organización del laicado y de la colaboración de los fieles, por lo pide encarecidamente el papa que privilegie a los que ayuden con sus bienes y a los que se constituyeran en protectores de tan santa hermandad.

Nolasco va a dejar floreciente a su Instituto, notablemente beneficiado por la implicación en la reconquista de Valencia, cuyo éxito, según, la tradición, había profetizado a don Jaime. Su prestigio entre los moros y los cristianos le convirtió en poderoso intermediario, que se movía libremente en los dos frentes para la adquisición de cautivos. Porque encontró la imagen de la Virgen de El Puig en 1237, el Soberano le deparó un importante monasterio edificando un santuario que rendía culto a la Virgen ya el 26 de julio de 1240 como patrona de aquel Reino, y que era instituido parroquia el 16 de septiembre de 1245.

     También en la ciudad de Valencia la Orden quedó bien parada en el reparto. Y además la campaña relacionó a Pedro Nolasco con muchos nobles y caballeros; con don Gil de Atrosillo, el futuro fundador de El Olivar, con Carroz, señor castillo de Rebollet, que le deparó tierras y solares. En 1244 don Jaime establecía a su Orden en Denia; y ese mismo año el Patriarca tenía instalada a su religión en Carbona, otro lugar de avanzadilla.

     El 5 de marzo de 1245 realizo Pedro Nolasco su última adquisición para la Orden. Raimundo de Morelló, otro caballero amigado en el asedio de Valencia, le entrego la alquería de Arguines, cerca de Segorbe, con la condición de que se edificara convento e iglesia donde un sacerdote celebrara por él, sus padres y el rey don Jaime. Pero el Patriarca no vio consumada esta espléndida fundación, pues cuando el notario, que confeccionara la minuta, llegó a Barcelona con la escritura para ser firmada, la suscribieron dieciséis religiosos, pero no fray Pedro Nolasco, que nota el actuario, había transmigrado de este mundo. Las Constituciones de  1272 asocian la memoria de su tránsito a la Ascensión del Señor, sugiriendo que subió a la casa del Padre en el 6 de mayo de 1245.

     Sus hijos lo vieron ir, y su partida llenó de lágrimas sus ojos y de nostalgia sus corazones. Pero la tarea no podía esperar, que los cautivos, los mendigos, los vagabundos, los sin techo, los muertos de hambre, los marginados, seguían clamando libertad, acogida, dignidad, pan, amor.

Súplica a San Pedro Nolasco.

     Pedro Nolasco, amador del hombre,
     Pedro Nolasco, el por Cristo seducido,
.    que, fundiendo en una ambas pasiones,
     haces de tu persona ofrenda, prodigalidad, empeño;
     seguro de que en cada infortunado no su imagen, está Él mismo.
     Cual Abrahán, Dios te desestabiliza,
     Desbaratando tu seguridad, tus negocios, tu perspectivas.
     Te pone en marcha. Te envía lejos, al vértigo, a la aventura,
     confiándote procrear un pueblo nuevo, con hombres nuevos,
     en tierra nueva, que fautores de gratuidad, Mercedarios, todo su ser en la misma misión implican.
    

      Eres otro Moisés, al que, no una zarza, la propia Madre invita.
     Y, declinando la suerte de los favorecidos,
      la causa del marginado, del esclavo, asumes decidido.
      El cielo te ordena liderar religiosos, que, libres y liberadores, la esclavitud denuncien y a la libertad, aun arriesgando, sirvan.
     
     Tobías, piadoso, asendereado en la verdad y justo, que, más que limosnero, partes tu pan, das tu agua, arropas al desnudo.
     Franqueas tu hogar al pordiosero. Asistes al enfermo, al encarcelado. Estás por el que necesita, agonizando, asirse de una mano. Y pues todas las miserias se dan en el cautivo, entiendes en liberar a sojuzgados.
    

   Los que trataron, Pedro, te hallaron nuevo Cristo, como Él de María –tu maestra, tu fundadora y madre- siempre asido, como Él por el Espíritu ungido, arrebatado, dirigido a proclamar la libertad, bajar a las mazmorras, romper grillos, aun arrastrando la muerte, que la vida se revaloriza si se da por el amigo.
     Que falta nos haces, Pedro, en estos tiempos crudos.
     Cómo te necesitan los ultrajados, tantos lázaros mendigos de migajas, los que la droga, la prostitución, el sida, el color relega a inexistencia. Hacen falta tus gritos en las ágoras del pensar, en las fotos del mundo. ¿Acaso no les tirarías tú piedras a esos globalizadotes ruines y egoístas?
    

      Pedro Nolasco, tu reto sigue, que apenas dejaste la tarea comenzada. Bendiciendo tu memoria de humanista insigne, de paradigma cristiano, te pedimos, nos comuniques tu ceño, nos contagies tu fe, nos des tu rebeldía.

      Inocúlanos un ápice de tu infinito afán, de tu amor universal, de tu utopía.

      Que, oh Redentor, el mundo es más mazmorras cada día.

 


Cumpleaños

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