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San Pedro Nolasco PDF Print E-mail
Tuesday, 12 January 2010 04:33

 Barcelona, 1203.San Pedro Nolasco

- ¿Qué?
- ¿Dónde?
- ¿Cómo?
     Que Pedro, el de los Nolasco, se había vuelto loco, rematadamente loco. De otra manera no podía comprenderse lo que había hecho: gastado una enorme fortuna comprando cautivos.
     En Valencia. Eran muchos, muchísimos, más de trescientos los que había mercado. Y no para traficar, no. Por pura caridad, desinteresadamente, para dejarlos ir.
     Había viajado a Valencia  de negocios, y en vez de mercancías, había adquirido cautivos a los moros.
     El rumor era verdadero. Y tal gesta acaecía el año 1203 Pedro había nacido hacia 1180, tal vez un par de años arriba o abajo. Hijo de emigrantes provenzales, se había criado en los aledaños de Barcelona, en la masía familiar del entorno de la Ciudad condal. Luego se estableció en la urbe, haciéndose munícipe barcelonés, seguramente asentado en uno de los burgos que recibía la población excedente de intramuros.

     Como tantos otros inmigrantes, sus progenitores había acudido al reclamo de las ofertas brindadas por el conde don Ramón Berenguer IV, que, conquistador de vastísimos territorios a los musulmanes, precisaba repobladores con que avivar las tierras baldías. Trabajadores y austeros, los Nolasco hicieron fortuna en el campo, amasando sustanciosos ahorros.

     Eran tiempos para los audaces. Barcelona fungía como principalísimo puerto del Mediterráneo, desde el que los ambiciosos podían lanzarse a Baleares, Valencia, Italia, y aun recalar en los puertos de Egipto, Siria y Asia Menor. Emprendedores y arriesgados, también los Nolasco entendieron en exportar tejidos, lana, lino, azafrán, miel, a la par que traerse productos exóticos. Y les fue bien.

     Ahora el patrimonio había incidido en Pedro que, muerto su padre, debía asumir el protagonismo del apellido y la iniciativa de la empresa familiar. En este momento era, según el padre Pedro Cijar, el varón de Dios, mercader óptimo, justo, piadoso, muy compasivo y misericordioso.

¿Dónde bebió Pedro su exquisita espiritualidad? ¿Quiénes fueron los forjadores de su carisma personal?  Se evidencian en él la probabilidad familiar y una sensibilidad social heredada. Valorando a Dios como razón suprema de su vida, descubre a todos los hombres como hermanos y personaliza una apasionada debilidad por los más pobres y desgraciados.

     Y sobre esa base incide la espiritualidad del Cister. Su sobriedad mística, la centralidad de la humanidad de Cristo, el marianismo acendrado, Pedrosos ha recibido de Cister. Es un deslumbrado por la fuerza renovadora de Bernardo de Claraval, que en la Península viven más de setenta monasterios y que en Cataluña irradia desde los veneros de Poblet y Santas Creus. No nos extraña que le fascinara la vida monacal, y que tuviera sus titubeos antes de la llamada definitiva.

     Pero Nolasco es el laico. Laico lo proclaman los documentos reales; laico lo confiesan nuestros historiadores, muy a pesar suyo, pues, a veces, lo tienen a menos por eso. Y de ahí que biógrafos imaginativos lo trazaran clérigo y sacerdote. Otros, por el mismo complejo, lo armaron de nobleza, espada, caballo. Craso error. Imperdonable despropósito. Las Constituciones de 1272, que recogerán su espíritu, son pacificas, prohibiendo hasta usar guantes de cuero, imprescindibles para manejar armas, y llevar cuchillos, reglamentado la utilización de cabalgaduras no beligerantes.
     Nolasco es el laico, que heredó el genio familiar de la mercaduría, y, tocado por Dios, invirtió su talento y su arrojo en la gran empresa de la libertad. Su personalidad es fresca, espontánea, libre, rompedora. Lo que imaginó, lo que creó, lo que llevó a cabo hubiera sido difícil, quizá imposible, de pertenecer a cualquier estamento, de estar vinculado a un grupo social. Fue creativo por que era libre. 

Nolasco, el tocado por Dios.

     Pedro es el interpelado, que se deja seducir. El tocado, que se deja arrastrar. Ungido por el Espíritu, no se resistió a su vorágine. Golpeado por Cristo, se le rindió incondicionalmente.

     La tradición mercedaria nos ha conservado la Palabra que hirió a Pedro: Que el día del juicio, por su misericordia sentados a su derecha, seamos dignos de oír aquella dulce palabra de la boca de Jesús: Venid, benditos de mi Padre,  a recibir el reino que os estaba preparado desde el comienzo del mundo. Porque estaba en la cárcel, y me asististeis. Me hallaba enfermo, y me visitasteis. No tenía hogar, y me acogisteis. Todas las cuales cosas ha encomendado Jesucristo que se cumplan en esta Orden a fin de realizar e incrementar obra de tan gran misericordia como es la de visitar y redimir cristianos cautivos del poder de sarracenos y de otros contrarios a nuestra fe.

     Dotado de una fe profunda, asume que, llamado por el Dueño de la viña, su vida es una tarea que ha de realizar. Al final de la jornada, habrá de dar razón de sus empeños al Cristo.
     Y sobre esta convicción central y vertebradota, incide una exquisita delicadeza por el prójimo. Sabe que para él la respuesta al Señor pasa por los cautivos, los esclavos en poder de enemigos de la fe, que ahora se les llama sarracenos.

     Precisamente por que no hay colectivo más mísero, más desesperado, más olvidado, más indefenso, más vulnerable. Ellos son su vocación.  

     En la documentación que se nos ha conservado de sus primeros años, Pedro no se da otros títulos que los de procurador de la Limosna de los cautivos (1219 y 1232), rector de los pobres de la Misericordia (1227), cuestor y custodio de la Limosna de los cautivos (1231). Al esclavo había que comprarlo, romperlo de cadenas, alimentarlo, sanarlo, vestirlo, conducirlo, reciclarlo, mantenerlo hasta que se valiera, como el ser más desventurado. Tanta desdicha conmovería a Pedro. Pero además,  como cristiano medieval, le horroriza que el cristiano pueda perder su fe. Le amedrenta que haya personas a las que el desaliento aboque a la apostasía.

     Su humanismo es inseparable de la fe. Le apasiona el hombre libre y creyente. Sus hijos lo verán segundo redentor, equilibrador del desgarro  que la esclavitud ha traído al mundo, semejante a la turbación ocasionada por el pecado original:

Así como Dios, padre de misericordia y Dios de toda consolación y dados de alientos en toda tribulación, por su gran misericordia envió a Jesucristo, su Hijo, a este mundo para visitar a todo linaje humano, que estaba esclavo del pecado en  poder del diablo… así también Padre, Hijo y Espíritu Santo dispusieron por su misericordia y por su gran piedad fundar y establecer esta orden llamada de la Virgen Maria de la Merced de la redención de los cautivos de Santa Eulalia de Barcelona, del cual mandato dispusieron servidor, mensajero, fundador y adelantador a fray Pedro Nolasch.

     Audaz es el aserto de los mercedarios de 1272. Pero tal apreciaban a su Patriarca, y así conceptuaban la empresa por él iniciada, un compromiso definitivo y absoluto con el hombre cristiano. Por eso no le importó dar por los cautivos todo cuanto tenía, dinero, y casa, y negocio, y familia en 1203; para luego ir gastando en ellos y para ellos su vida, su talento, su tiempo, su amor, su cada día.

En el Hospital Santa Eulalia.

     Con veintidós, veintitrés años. Pedro ha quedado pobre. Su pródiga caridad le ha llevado a la miseria. No tiene nada, ni aun techo que le cobije. Y la penuria lo aboca al lugar de los indigentes de Barcelona,  el Hospital de Santa Eulalia, que nos era un centro sanitario, sino un albergue, la casa de acogida para los mendigos, los vagabundos, los sin techo, los muertos de hambre; mantenida por el Cabildo catedral.

     Nolasco tenía así cobijo, aportaba un apoyo valiosísimo al centro y, desde allí realizaba sus campañas petitorias para la redención, porque a partir de 1203 cada año hará una expedición liberadora. Esta vinculación de Nolasco al Hospital, punto muy sensible en la ciudad, explica que se le dieran en dote y como patrimonio el día de la fundación de la Merced. Los canónigos tenían a Nolasco como de la casa, estrechamente relacionado con el albergue y asociado a ellos en la plegaria de la catedral. De no ser tal, en absoluto se le hubieran entregado.

     Así es cómo el Hospital de Santa Eulalia fue cuna de la Merced, y hasta dio secularmente nombre a la Orden, simultaneando éste con los títulos de Orden de la Merced de los cautivos, que empiezan a utilizarse en 1238, y de Orden de Santa Maria de la Merced de los cautivos, preferido desde 1278.

     Estaba Pedro tan apegado al Hospital barcelonés que sólo nueve años después de instituida la Merced realizó la fundación de otra casa. La afición se patentiza así mismo en que el año 1227 aún seguía llamándose rector de los pobres de  la Misericordia, título que seguramente ostentaba antes de fundar la Orden, desde el momento en que el cabildo descargó en él la gerencia, custodia o procuraduría del centro.

     Llegaría el momento en que Nolasco y sus compañeros optaran por dejar el hospital. Que vivir en el palacio real, gestionar el Hospital que les diera el Cabildo, pudieron convertirse en limitaciones. Tal vez se sentirían fiscalizados por el Cabildo, quizá les absorbería demasiado la atención a los acogidos en detrimento de la redención de cautivos, a lo mejor la corte rompía el clima que requería su comunidad, quien sabe si se sentían la necesidad de erigir el templo para Maria como madre y fundadora, acaso la  donación no había sido más que de usufructo…
  
      Lo cierto es que Nolasco tomó la decisión, que debió meditar mucho, de irse de su casa de muchos años.
   
      Ramón de Plegamans, que lo supo, adquirió un solar junto al mar y lo dono el 10 de Agosto de 1232 a la Limosna de los cautivos, costeando además la edificación de un convento, donde estarían ya los Mercedarios el 25 de Octubre del 1234, cuando fray Pedro Nolasco se intitulaba rector de la Limosna de los cautivos y del Hospital edificado por Raymundo de Plegamans, queriendo significar con el nombre del nuevo convento era continuador del Hospital de Santa Eulalia.

      Refiriéndose al período, enmarcado entre los años 1203 y 1218, el padre Nadal Gaver precisa que el devotísimo varón Pedro de Nolasco, domiciliado en la ciudad de Barcelona, estuvo largo tiempo dedicado a Dios, entregado a obras de Misericordia, especialmente a redención de cautivos, y suplicando al señor que le manifestase lo que a Él le fuese grato y aceptable para ganar el reino de los cielos. Nolasco además empieza a tener colaboradores. Y sigue a la escucha, entre los pobres. Es desde ahí donde Dios habla más fuerte.

La pobreza mercedaria.

     Nolasco se hizo pobre. Vino a la indigencia por propia voluntad,  por vocación, por solidaridad.
     No se quedó en limosnero. Llegó hasta desprenderse de todo. Y, mucho más, se dio a sí mismo. En eso consiste la pobreza mercedaria, en estar disponible. Comprometerse con el pobre hasta el punto de dejarlo meterse en tu casa, penetrar en tu propia vida.

     La santísima Virgen, en dicción de Gaver, exigió a Nolasco que dedicase absolutamente todos sus haberes, sin restricciones y pródigamente, a la redención de cautivos, así como que no difiriera entregarse él personalmente y sin limitaciones a esa actividad. Y pasó toda su vida con los pobres, en los hospitales de Santa Eulalia, el recibido del Cabildo, primeramente, el edificado por Ramón de Plegamans, después.

     Pero además a los que cada año redimía no los dejaba ir sin más y a su suerte. Los atendía desde la comida y el viático hasta el vestuario y el corte de cabello. Se les darán ropas nuevas, según la estación, y dinero para llegar a su casa con gozo y alegría, preceptúan las Constituciones de 1272; enfatizando que los rescatados sean atendidos sin murmuraciones ni tacañerías por los religiosos.
     La pobreza mercedaria tiene su peculiaridad: es austeridad, para la solidaridad. Los frailes que crea Nolasco no son astrosos. Llevan hábito blanco, el color de la gente llana en una sociedad muy estratificada, de lana cruda sin aprestos. Visten y calzan con dignidad: capa, túnica, calzas, bragas de lino, zapatos. No pueden usar paños lujosos, pero tampoco ínfimos. Duermen en cama individual. Utilizan cabalgaduras.

     Pero eso sí, ellos y todo lo suyo se deben a los cautivos. Todos los frailes han de trabajar para la redención, los que salgan a pedir, los que se cuiden del culto, los que cultivan las fincas. El cautivo es el único empeño, ministerio y sacramento del Mercedario.

     Los frailes trabajarán, se afanarán y, luego de comer y mantenerse con parquedad, lo demás se debe a los cautivos y se emplea en la redención. Todo es Limosna de los cautivos, que, como sagrada, nadie puede vender, empeñar, enajenar o empeñar con tributos, so pena de censuras y excomuniones.

Y en ocasiones habrá en que se venderán los paños después de estar comprados para vestir a los frailes, porque los redentores habían de acudir urgentemente a cautivos en riesgo. Por lo mismo se llegará a enajenar cálices, copones y alhajas de los templos, considerando que, según la palabra del Señor, nos es mejor conservar los vasos vivientes que los de metal y que la redención de cautivos debe ser el mejor ornato de nuestras iglesias, resolverá lustros después la comunidad de Barcelona, heredera directa del sentir del patriarca.

     Cuando los redentores partían a su misión llevaban poderes para empeñar todos los vienes de la Orden, si lo veían preciso. Y las Constituciones de 1272, que prohibían desprenderse del patrimonio de la Religión, preveían que el general, con sus consejeros, diera, vendiera, cambiara o enajera sus posesiones para la redención de cautivos.

     En 1516 el papa León X,  queriendo premiar el buen hacer de los Mercedarios, cometió el desacierto de otorgar por la bula Dum GRATA Deo que el padre general pudiese tomar un tercio de los bienes de la redención para remedio de las casa pobres, y se levantó tal clamor en la Orden que el capitulo general de 1520 y capítulos sucesivos hicieron explicitas renuncias a ese favor otorgado tan absurdamente por el pontífice.

      Y pobre fue, es y debe ser la Orden de Pedro Nolasco. La Merced ha claudicado siempre que, emulando a órdenes prestigiadas, ha levantado soberbios conventos, ha construido innecesarios templos. Por que los monumentos que la orden ha de erigir, los templos que a la Merced le toca alzar, son los marginados que debe ennoblecer.

María,  Madre de la Merced.

     María pertenece a la esencialidad de la Merced. Es su razón, el quicio de su historia. La Orden no se entiende sin Ella. Por, cuando, SEGÚN LAS constituciones DE 1272, la Trinidad dispuso fundar la Orden, la comisionaron a Ella para anunciar su proyecto a Pedro Nolasco.

      La Madre de Cristo realizó el encargo apareciéndosele al santo Varón en el silencio de la media noche el primero de Agosto de1218, estando él en oración, nos dice el padre Nadal Gaver, que imaginó un delicioso diálogo entre fundadora y servidor:

     Dios – anuncia Ella-, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por su gran misericordia y por la gran caridad con que amaron al género humano, quisieron fundar y establecer una orden que se le llamara orden de la Bienaventurada Maria de Merced de la redención de cautivos cristianos, para que sus frailes visiten y rediman  a los cristianos cautivos en poder de los enemigos de la fe.
     -O Virgen María –inquiere él-, Madre de gracia, Madre de misericordia, ¿quién me va a creer?
     -No dudes en absoluto –ratifica Ella-, ya que es voluntad de Dios que se funde en mi honor esa Orden, cuyos profesos se expongan para ruina y redención de muchos  a ejemplo de mi hijo Jesucristo.

     Y así, desde su intimidad de Madre e Hijo, Pedro Nolasco ha propiciado para la Iglesia  una advocación mariana de hondura teológica, raigambre bíblica, atractivo hechicero. Ha presentado un nuevo rostro de Maria.
     La ternura divina para los pobres, marginados y los cautivos.
     La mujer comprometida en la lucha por la libertad.
     La madre corredentora, puente entre el Hijo rico y los hijos pobres.
     La virgen blanca, incontaminada, inmaculada.
     La creyente urgidora del valor supremo de la fe, por encima de la vida misma, hasta el martirio.
     La evangelizadora de los nuevos horizontes y las culturas recién estrenadas.
     La garante de la victoria definitiva sobre el mal, la opresión, la desigualdad.
     Pedro Nolasco a dado Madre a los Mercedarios. Nos ha legado una devoción inusual a Maria, de convicción filial y como modelo que imitar, rayana en chaladura. Cuando los nombramos, Madre, la boca se nos hace miel. Y nuestro embeleso se significa.
    En el nombre mismo del Instituto, orden de Santa Maria de la Merced.
    En la proclama de las primeras Constituciones, luego secularmente reiterada, de estar destinadas a honrar a Dios y a la Virgen su madre.
    En la denominación y color, albo, del atuendo regular, el hábito de Santa María.
    En la práctica ancestral de rezar diariamente el oficio mariano.
    En las celebraciones  de misa y salve sabatinas.
    En el abrirse los capítulos el sábado con misa solemne de la Virgen.
    En la dedicación a Ella del primer templo en la casa de madre de Barcelona en el año 1249
    En la preferencia de destinarle las iglesias y los altares que la Orden ha ido erigiendo en sus casi ochocientos años.
    En ponerla al frente de todas las expediciones liberadoras, enviando a los redentores en su nombre, enarbolando su pendón en la proa del barco libertador, recibiendo como exvotos los grillos y cadenas de los salvados.
    En aceptar la regencia, culto y pastoral de santuarios marianos.
    En llevar su advocación allende los mares y prodigar su imagen por todos los continentes.
    En el olfato mercedario por los privilegios marianos, singularmente de la Concepción inmaculada en la explicitación del nombre de la Virgen santa María en la recepción de donaciones, ofrendas y fundaciones.


La Fundación

 
    Resultó sumamente fácil dar el paso. Se esperaba. El Rey, el Obispo, la nobleza, el clero, el pueblo, todos querían que Pedro Nolasco institucionalizara lo que tan prodigiosamente venía realizando quince años ya.

     Así que cuando la Virgen lo quiso disponer, pues la santísima y cristianísima Orden nació de una revelación divina realizada por la santísima Virgen Maria, dice el padre Nadal Gaver, le basto a Pedro comunicarse con el obispo Berenguer de Palou y con el rey don Jaime I el Conquistador, para que, en pocos días, estuviera todo ultimado.

     Conocemos por documentación fidedigna lo más esencial de la ceremonia, realizada el 10 de agosto de 1218 con el lustre de los grandes acontecimientos, en olor de multitudes alborozadas.
     Se escogió el día festivo más inmediato, la solemnidad de san Lorenzo, un buen marco por jubilosote la jornada y por que el signo martirial del Santo definía a la Religión redentora que nacía. Se ofició  en la barcelonesa catedral de la santa Cruz, significándose que se movía a los fundadores un gran amor a Cristo que con su preciosa sangre nos rescató, como memoraría el rey don Jaime II el Justo en 1302. La ceremonia se realizó en el altar mayor, ante el emblemático sepulcro de santa Eulalia, la virgencita barcelonesa inmolada en aras de la fe.

     Al lado de Nolasco se halló el rey don Jaime, que otorgó a la Orden el propio escudo real, constituyendo a Pedro Nolasco y a sus frailes en familiares del monarca y protegidos de la corona. Fue tan protagonista que la cancillería real y nuestros historiadores antiguos lo llamaron el fundador. El Pedro IV el Ceremonioso llegaría a decir que la Orden tuvo en el rey don Jaime el principal fundamento después de Dios, pues que realizó dos cosas importantes al servicio de la fe, conquistar a los moros grandes territorios y fundar la Merced. El padre Gaver encumbra al Soberano a la categoría de fundador, institutor y protector.

     Pero más definitiva resultó la presencia del obispo Berenguer de Palou, promotor canónico, cabeza de la Iglesia barcelonesa y de su Cabildo catedral y, por canciller del Reino, mentor del Príncipe que no contaba sino diez años. El  Prelado vistió túnica, escapulario, capucha, capa de color blanco a los nuevos frailes, les asignó la regla de San Agustín como norma de vida y les impuso la cruz blanca en campo rojo agregándoles al Cabildo catedral.

     Ambos, en cuanto patronos y fundadores, dotaron a la Orden con una parte del palacio real, don Jaime; con el hospital de Santa Eulalia y sus rentas, don Berenguer.
     Estas informaciones, de fuentes incuestionables, el padre Nadal Gaver las exorna agregando que el acto institucional de la Merced se tuvo con el máximo concurso de consejeros reales, nobles, caballeros y ciudadanos, en el marco de un pontifical, procedido de magna procesión, luego del sermón, en el ofertorio. El también informa de que Pedro Nolasco, después de ser ataviado con el hábito de la gloriosísima virgen María, hizo progresar mucho a su Orden, juntamente con sus compañeros, que fueron fray Guillermo de Luso, al que él mismo impuso el hábito inmediatamente después de sí, fray Bernardo de Corbera, fray Pedro Pascual y otros muchos. Pedro Nolasco –prosigue- amplió muchísimo la Orden y la acrecentó con numerosos privilegios, gracias, rentas, favores temporales; afanándose por la redención de cautivos.
     Gaver, arrastrando nuestro secular complejo de inferioridad, quería enfatizar las grandezas mundanales de su Orden, que no fueron ni son tantas. Aunque, eso sí, la Iglesia no hubiera sido la misma sin la Merced. Porque desde nuestra pequeñez, los Mercedarios, inventados por la mismísima augusta Trinidad, iniciados por la propia Madre de Dios, guiados por Pedro Nolasco, hemos marcado el cenit en el mandamiento divino del amor y hemos enseñado el modo filial de gozar de Maria.


El voto de Sangre.

     Suena fuerte, pero lo es. Un voto auténticamente martirial.
     Todos los religiosos se obligan a vivir pobres, renuncian a la familia, entregan su propia voluntad. Pero eso a Nolasco no le alcanza. No le bastan los frailes austeros, célibes, sumisos; los suyos habrán de emprender largos viajes, habérselas en situaciones de riesgo, jugarse muchas veces la vida, hallarse en peligros morales, disputar con agudos imanes. Y para eso solo valen los capaces de asumir que su vida no les pertenece, los que quieran dar sobre sí mismos tal derecho a los cautivos que incluso les podrán exigir la existencia, los que solamente juren ante el altar de santa María estar dispuestos a quedarse en rehenes por los cautivos, a morir por ellos.
     
   En su profesión los Mercedarios –disponían las Constituciones 1272- hagan voto solemne en las manos del maestro y juren obediencia, castidad, pobreza y guardar las Constituciones del capítulo general, que establecían cómo, a la imitación de Cristo que nos visitó y liberó, han de trabajar de buen corazón y con buena voluntad en la caritativa obra de visitar y redimir aquellos cristianos que están en cautividad, en poder de sarracenos y otros enemigos de nuestra ley. Para la cual merced de seguir y adelantar y visitar y librara cristianos del poder de los enemigos de la Orden de Jesucristo, los frailes de esta Orden, como hijos de verdadera obediencia, estén en todos los tiempos alegremente dispuestos a poner la vida, si es menester, como Jesucristo la puso por nosotros. 

     Un hombre que hace tal opción es libérrimo, imparable. No teniendo nada que perder, movido por convicciones profundas, el Mercedario se hace invencible. La tradición cuenta que Nolasco sufrió más de una vez vejaciones y aún torturas, no lo podemos ratificar, pero asumido sí lo tenía. Como también que un día le trajesen el hábito ensangrentado de fray Ramón de Blanes, el protomártir, decapitado en granada el año 1235, o que le contasen cómo el entrañable fray Serapio había sufrido muerte atroz de los musulmanes argelinos, ensañados con él hasta asparlo vivo.

     Claro que, aunque todos estaban dispuestos, sólo algunos mercedarios podían ir a redimir; mas la obra era de todos, desde su convento, en su ministerio, se concertaban en el mismo empeño. La misión culminaban los que el Capítulo general designaban cada año; frailes, como dicen las Constituciones primitivas, templados en comer y beber, sabios y prudentes en la compra. Los moros buscaban la confrontación, la disputa; trataban de timarlos en las compras; los querían reducir en sus principios, aun echándoles mujeres seductoras. Por eso a redimir iba lo mejor, lo más preparado.
     Ignoramos cuántas redenciones realizó Nolasco. Sí conocemos que su propósito era hacerlas cada año. Se dice que durante su gobierno fueron liberadas 3,920 personas. De las donaciones de aquellos de aquellos años sólo conocemos dos, de cien sueldos por Raimundo de Ruvira en 1231.

     Más Aunque hubiera contado con medios sobrados, Pedro no habría atajado estigma social tan descomunal. Por eso su obra de Merced entendía en visitar y redimir. Visitar es aún más importante que redimir. Porque la redención no podía alcanzar a todos; porque la visita implicar oí, interesarse, acompañar, dolerse, llorar, animar. No se trataba de ir, ajustar unas compras según el caudal disponible y venirse en aires de triunfo; se entendía practicar la misericordia. Por  eso tan frecuentemente se quedaban los redentores entre los cautivos, para asistirlos y era prenda del dinero empeñado porque nunca bastaba.


  
El Olivo de Pedro Nolasco.
    

     El padre Francisco Zumel nos ha relatado una hermosa visión de Pedro. Si de propia cosecha y recibida de la tradición, lo ignoramos. Más es bella y sugerente la alegoría.
     Una madrugada, retirándose tras prolongada vigilia en el templo, adormecido en un escaño, Pedro contempló en sueños un frondoso olivo plantado en espacioso pórtico. Se sintió cobijado bajo su protector ramaje; mas, cuando gozaba de tan placentera sensación, se le presentaron varones honorables diciéndole venir de parte de un gran rey para ayudarle a defender el Olivo. Advirtió luego cómo accedían otros individuos, que con hachas e instrumentos de destrucción se dieron a herir y cercenar fieramente el olivo, decididos a exterminarlo. Sin embargo, Pedro preparó estupefacto que cuanto mas sañudos eran los golpes y los desgarros, tantos más eran los pimpollos y las ramas que al Olivo le pululaban, hasta que su ramaje llenó por entero el atrio.
  
  Entendió Pedro que el enigmático Olivo era la Iglesia de Cristo, frontalmente atacada por los musulmanes. Él la debería defender con el apoyo del ínclito rey don Jaime, campeón en las guerras contra los moros. Así mismo adivinó que a él le incumbía la defensa de la fe mediante la fundación de una Orden que se empeñara en la redención de los cautivos.

     Esta experiencia mística la previno de lo que Dios le tenía reservado. Pero no entendió cabalmente el encargo hasta que la Madre de Dios le intimó el divino designio de la institución de la Merced. Desde entonces, disipadas ya todas las dudas y pospuestos todos los titubeos, se dio Pedro a la misión para la que la Trinidad le comisionara. Desde 1203 le venían llegando colaboradores, que devinieron en el núcleo fundador de la Orden; mas es ahora, en 1218, instituido fundador, cuando se da a ganar adeptos y asociarse partícipes. Y es admirable cómo Pedro Nolasco acertó a captar y a organizar su Olivo.

     Dio entrada a la Merced a los laicos y clérigos. Aceptó a hombres que querían pertenecer desde la sencillez del trabajo en el convento, su hospital o su agro, siendo los hermanos conversos. Halló su sitio para quienes buscaban hacer algo, sin demasiados compromisos, llamándolos donados. Muy pronto hubo mujeres que se sintieron captadas por el espíritu Mercedario, y las reunió en casas de sorores o beatas, que, radicadas cerca del convento, ayudaban en la asistencia a los excautivos. Importaba llegar lejos, anunciar la  misericordia liberadora de Dios y recoger limosnas, y fue estableciendo por doquier cofrades, hombres y mujeres vinculados a la Orden, o simples cuestores, que por pueblos e iglesias mantenían alcancías y capazos para recibir donaciones en dinero o en especie.

     Cada comunidad tenía un distrito; cada fraile una bailía, con veredas que anualmente recorría animando a cofrades y cuestores, predicando en las iglesias, promulgando indulgencias, acopiando limosnas. Para que la palabra fuera mas impactante, Nolasco inventó que los redimidos, excautivos, dedicaran un tiempo a la Orden, acompañando a los frailes y conmoviendo con su testimonio.

     Nolasco tardó años en establecer nuevas comunidades, como si le costara separarse de sus hijos. No fue hasta enero de 1227 cuando creó un segundo convento en Perpiñán.  Como si rompiera la barrera, uno a uno, fue constituyendo hasta diecinueve conventos. Al frente de cada uno ponía un comendador, porque a él se le encomendaban los religiosos y las limosnas de los cautivos. Sobre conjuntos de casas situó comendadores mayores. Al frente de la Orden se establecería una junta de cuatro consejeros, definidores, dos legos y dos clérigos; al lado del general se asentaría un prior, para regir los asuntos espirituales.

Pedro Nolasco, el maestro.

     En 1235 Pedro cosechó la gran satisfacción, el 17  de enero el papa Gregorio IX expidió en Perusa la bula Devotionis vestrae aprobando su Orden. Es verdad que la Merced ya tenía canónico, como instituida por el ordinario de lugar, el obispo Berenguer; pero así obtenía el refrendo del Pastor supremo y lo envió eclesial al universo.
     Pedro es llamado por el Pontífice magíster, el maestro, título que Pedro nunca utilizó. Algunos han querido sacarle a la nominación más de lo que dice, la prueba categórica de ser la Merced una orden militar, cuando lo único que explicita es cómo veían y llamaban sus frailes al  Fundador, el maestro, el modelo, el dechado. 

     La bula ratifica para la Orden de la Regla de san Agustín, que ya venía siendo su pauta. El estilo de vida del patriarca y las normas agustinianas bastaron hasta que en 1272 fray Pedro de Amer, codificando máximas escritas y sancionando costumbres adquiridas, promulgó las primeras constituciones. Por que el concilio de Letrán había prohibido en 1215 que se creasen nuevas reglas monásticas, Pedro Nolasco, el obispo Berenguer y el rey Jaime cuando preparaban la fundación se decantaron por la  Regla agustiniana, como más adecuada a la peculiaridad mercedaria.

     La confirmación pontificada incide en una coyuntura próspera d la Merced; el Olivo de Nolasco está echando nuevas ramas, le pululan prometedores pimpollos, arbórea copudo y fructífero.
     En 1229 el rey don Jaime conquistó Mallorca; allí estuvo Pedro Nolasco; en reconocimiento al pueblo mallorquín lo declaró patrono de la isla en 1639. No podía excusar su presencia, que estaba obligado como miembro de la casa real y redentor oficial de cautivos; fruto de su colaboración fue la fundación de un convento al que 1232 Guillén, obispo de Gerona, donaba una bestia para servicios de la Limosna de la Santa Redención y donde ese mismo año fue acogido como colaborador Domingo Dolit, asegurándole alimento y vestido mientras fuese obediente y recogiese limosna para los cautivos.

     En 1234 la Orden se instaló en Gerona por obra de Ferrer de Portell y su esposa Escalona, que, el 25 de octubre, se dieron y ofrecieron al señor Dios y a la limosna de los cautivos en mano y poder de Pedro Nolasch, para honor de Dios y de la Virgen María y para remedio de su alma. Aportando todos sus bienes, quedaron agregados a la Merced como donados, constituyendo con algún otro religioso una comunidad mixta, iniciativa genial de Nolasco que, por desgracia, no tuvo continuidad. En 1241 estaba con ellos fray Pedro Nolasco, ministro de la Orden de San Agustín que redime cautivos.

     El año 1235 se abría convento en  Vic, por obra del rey patrono; que también por ahora puso a sus frailes  en Lérida; así como en Sarrión, Teruel, parece que cuando desplegaba la ofensiva sobre Valencia. Antigua es la presencia mercedaria en Zaragoza y en Calatayud, hitos tan importantes para los propósitos del Patriarca de extender la red de caridad.

     Y siguiendo su difusión por Cataluña, la Merced en 1238 se asentaba en Castelló de Ampurias, Gerona. En 1239 la Iglesia de Tortosa, por medio de su obispo Poncio, le donaba un solar. En 1240 ó 1241 recibía en Tarragona el legado de la extinta orden de la Penitencia. Así mismo el Instituto redentor se radicaba en Santa María dels Prats, cerca de Montblanch, el cenobio santificado luego por san Pedro Armengol.

     Varios de estos conventos cuentan con iglesia, porque Pedro Nolasco se apercibe que le convienen los clérigos, más idóneos para catequizar y sacramentar a los cautivos, para enfrentarse a rabinos e imanes.

El Testamento de Pedro Nolasco.

     No es que tengamos un testamento del Fundador de la Merced, aunque lo son las Constituciones de 1272, en las que sus directos colaboradores plasmaron su proyecto, el espíritu genuino del Patriarca. Pero sí sabemos lo que le preocupaba al final de sus días; porque recogió sus últimas voluntades Inocencio IV en la bula. Si iuxta, expedía en Lión el 5 de enero de 1245.
1º.- Le sigue golpeando el texto de Mateo 25, la cuenta que dará su vida, le aguijonea que ha de convertir las cosas terrenas en celestiales y las transitorias en eternas.

2º.- Quiere a sus mercedarios absolutamente entregados a la caridad: Pobres en espíritu, espontáneamente asuman el peso de la caridad, a fin de poder ayudar más generosamente; capaces de abundar para los pobres y carecer para sí mismos.

3º.- Deja a sus frailes en herencia a los pobres; Concientes de constituir una Orden cuyos miembros sirven a Dios redimiendo cautivos y se empeñan con todas sus fuerzas en estar prestos a las necesidades de los pobres y de los enfermos, y de haber sido fundados en una casa de acogida, el hospital de Santa Eulalia, deben hacer de cada convento un hogar que no sólo acepte, sino que busque y reclame a los sin techo y enfermos; pues lo suyo es practicar todas las obras de misericordia, no sólo visitar a los enfermos, sino cargar sobre sí las enfermedades de todos.

4º.-  Tiene claro que el futuro de su Orden y la eficacia de su programa redentor depende de la buena organización del laicado y de la colaboración de los fieles, por lo pide encarecidamente el papa que privilegie a los que ayuden con sus bienes y a los que se constituyeran en protectores de tan santa hermandad.

Nolasco va a dejar floreciente a su Instituto, notablemente beneficiado por la implicación en la reconquista de Valencia, cuyo éxito, según, la tradición, había profetizado a don Jaime. Su prestigio entre los moros y los cristianos le convirtió en poderoso intermediario, que se movía libremente en los dos frentes para la adquisición de cautivos. Porque encontró la imagen de la Virgen de El Puig en 1237, el Soberano le deparó un importante monasterio edificando un santuario que rendía culto a la Virgen ya el 26 de julio de 1240 como patrona de aquel Reino, y que era instituido parroquia el 16 de septiembre de 1245.

     También en la ciudad de Valencia la Orden quedó bien parada en el reparto. Y además la campaña relacionó a Pedro Nolasco con muchos nobles y caballeros; con don Gil de Atrosillo, el futuro fundador de El Olivar, con Carroz, señor castillo de Rebollet, que le deparó tierras y solares. En 1244 don Jaime establecía a su Orden en Denia; y ese mismo año el Patriarca tenía instalada a su religión en Carbona, otro lugar de avanzadilla.

     El 5 de marzo de 1245 realizo Pedro Nolasco su última adquisición para la Orden. Raimundo de Morelló, otro caballero amigado en el asedio de Valencia, le entrego la alquería de Arguines, cerca de Segorbe, con la condición de que se edificara convento e iglesia donde un sacerdote celebrara por él, sus padres y el rey don Jaime. Pero el Patriarca no vio consumada esta espléndida fundación, pues cuando el notario, que confeccionara la minuta, llegó a Barcelona con la escritura para ser firmada, la suscribieron dieciséis religiosos, pero no fray Pedro Nolasco, que nota el actuario, había transmigrado de este mundo. Las Constituciones de  1272 asocian la memoria de su tránsito a la Ascensión del Señor, sugiriendo que subió a la casa del Padre en el 6 de mayo de 1245.

     Sus hijos lo vieron ir, y su partida llenó de lágrimas sus ojos y de nostalgia sus corazones. Pero la tarea no podía esperar, que los cautivos, los mendigos, los vagabundos, los sin techo, los muertos de hambre, los marginados, seguían clamando libertad, acogida, dignidad, pan, amor.

Súplica a San Pedro Nolasco.

     Pedro Nolasco, amador del hombre,
     Pedro Nolasco, el por Cristo seducido,
.    que, fundiendo en una ambas pasiones,
     haces de tu persona ofrenda, prodigalidad, empeño;
     seguro de que en cada infortunado no su imagen, está Él mismo.
     Cual Abrahán, Dios te desestabiliza,
     Desbaratando tu seguridad, tus negocios, tu perspectivas.
     Te pone en marcha. Te envía lejos, al vértigo, a la aventura,
     confiándote procrear un pueblo nuevo, con hombres nuevos,
     en tierra nueva, que fautores de gratuidad, Mercedarios, todo su ser en la misma misión implican.
    

      Eres otro Moisés, al que, no una zarza, la propia Madre invita.
     Y, declinando la suerte de los favorecidos,
      la causa del marginado, del esclavo, asumes decidido.
      El cielo te ordena liderar religiosos, que, libres y liberadores, la esclavitud denuncien y a la libertad, aun arriesgando, sirvan.
     
     Tobías, piadoso, asendereado en la verdad y justo, que, más que limosnero, partes tu pan, das tu agua, arropas al desnudo.
     Franqueas tu hogar al pordiosero. Asistes al enfermo, al encarcelado. Estás por el que necesita, agonizando, asirse de una mano. Y pues todas las miserias se dan en el cautivo, entiendes en liberar a sojuzgados.
    

   Los que trataron, Pedro, te hallaron nuevo Cristo, como Él de María –tu maestra, tu fundadora y madre- siempre asido, como Él por el Espíritu ungido, arrebatado, dirigido a proclamar la libertad, bajar a las mazmorras, romper grillos, aun arrastrando la muerte, que la vida se revaloriza si se da por el amigo.
     Que falta nos haces, Pedro, en estos tiempos crudos.
     Cómo te necesitan los ultrajados, tantos lázaros mendigos de migajas, los que la droga, la prostitución, el sida, el color relega a inexistencia. Hacen falta tus gritos en las ágoras del pensar, en las fotos del mundo. ¿Acaso no les tirarías tú piedras a esos globalizadotes ruines y egoístas?
    

      Pedro Nolasco, tu reto sigue, que apenas dejaste la tarea comenzada. Bendiciendo tu memoria de humanista insigne, de paradigma cristiano, te pedimos, nos comuniques tu ceño, nos contagies tu fe, nos des tu rebeldía.

      Inocúlanos un ápice de tu infinito afán, de tu amor universal, de tu utopía.

      Que, oh Redentor, el mundo es más mazmorras cada día.

 
Santa Marìa de la Merced PDF Print E-mail
Monday, 11 January 2010 23:50

 PreámbuloSanta María de la Merced

       La multisecular advocación de la Merced, referida a María, está íntima, histórica, originaria y esencialmente vinculada con el nacimiento de nuestra Orden. Podía alguien hacerse esta ingenua pregunta: ¿Qué ha sido antes, la advocación de Santa María de la Merced, o el nacimiento de la Orden de Santa María de la Merced? La respuesta es transparente: Primero existió la fundación de la Orden, y después –un cierto tiempo después-  María adquirió esta nueva advocación, por obra y gracia de una Orden redentora, liberadora de cautivos, que ejercía la misericordia con ellos.

       Y, por el mismo hecho, cuando nuestros religiosos laicos comenzaron a representar, iconográficamente, a María –inseparable del Redentor y del cautivo: ¡Ella está siempre donde haya un ser humano sufriendo en su cruz!-, frailes, fieles y cautivos que colaboraban, y eran beneficiarios, en tan gran obra de misericordia, no encontraron mejor advocación que llamarla Madre de Dios de la Merced. En el siglo XIII merced significaba, precisamente, la merced por excelencia de redimir cautivos, obra cimera de misericordia en las profundidades de la degradación humana de las mazmorras y baños. Díganlo los redentores mercedarios, pero también el P. Jerónimo Gracián, y Miguel de Cervantes, ambos célebres cautivos, que escribieron sobre su propia experiencia.

      Si bien María inspira a Nolasco la fundación de una Orden consagrada a redimir cristianos de la cautividad sarracena – y en este aspecto, María le precede, naturalmente, no así  el título o advocación de la Merced-, sólo a posteriore  identificamos, ya desde los orígenes, a María de la Merced, pues estaba, desde entonces, ejerciendo con él una muy delicada misericordia, al servicio de los oprimidos por “enemigos de nuestra ley”. De modo que podemos afirmar que María es consubstancial a la Orden mercedaria. Pero no que la advocación de María de la Merced no se derive del sentido de la obra esencial a la misma Orden, esa específica merced de la redención liberadora, realizada por rescate. La Orden –que se llamó durante el primer tiempo de “santa Eulalia”, por el título de la catedral donde se fundó, y por habérsenos encomendado por el rey el Hospital de Santa Eulalia, así como el que, años después, nos donó Raimundo de Plegamáns (1232); y “agustina”, por haber asumido la regla de san Agustín-, acepto todas las iglesias que se regentaron, en vida del Fundador, bajo la denominación de Santa María (de los Prados, en Tarragona; del Puig, en Valencia; de Sarrión, en Teruel; y de Arguines, en Valencia). Y luego consta documentalmente que, al menos desde 1243, se daba a los cofrades el hábito de Santa María. De modo que el marianismo originario de la Orden está documentalmente probado. San Pedro Nolasco fue, sin duda alguna, un gran devoto de María. Y ella recibiría, como una rosa de exquisito aroma, siempre a sus pies de Madre, el título de Santa María de la Merced. La talla que se conserva en la Basílica de Barcelona – del siglo XIV, pero que supuso otra anterior- es sedente, como las románticas, símbolos del trono de la Divinidad, su propio Hijo encarnado. Y se llamó y llama, en versión castellana del catalán, Madre de Dios de la Merced.  Hermoso título, profundamente teológico ya que es equivalente a Madre de Dios de la Misericordia.

      ¡Sí, la Merced es la primera Orden mariana, oficialmente reconocida por la Iglesia, entre las que actualmente existen! Y está unida, en su ser y en su quehacer, a la gran misericordia divina, manifestada en Cristo Redentor, y su Madre, y Madre nuestra, ya para todos nosotros la Madre de la Merced.

      E insisto: Es esencialmente mariana nuestra Orden, pues María de la Merced forma parte de su existencia, de su actividad y carisma, llevados a cabo, con las variantes exigidas por los “signos de los tiempos”. En su nombre se realizó el apostolado redentor, y misionero –en el Nuevo Mundo, especialmente-,  en su nombre organizaron –ya clerical desde 1317- la propia vida comunitaria, en su nombre adquirieron carta de ciudadanía en la Iglesia, y en su nombre desarrollaron su vida toda, interior y exterior, hacia dentro de la comunidad, y abierta a los fieles.

 

MÚLTIPLE PRESENCIA DE MARÍA COMO “MERCED”


Liberadora de cautivos


      La misión originariamente redentora –llevada a cabo con fidelidad y entusiasmo creciente, desde sus inicios-, ha ido, a lo largo de la Historia, cobrando nuevas formas precisas de descubrir, favorecer, visitar y liberar, a cuantos sufrían privación de libertad, y cuya fe, esperanza y caridad, estaban en peligro. Pues bien, los cautivos invocaron siempre a María suplicando su ayuda maternal. Antes de la existencia de la Merced, la invocaban con los títulos de los santuarios más tradicionales de España: Montserrat, Guadalupe, Almudena, Sopetrán... Alfonso X, el Sabio, en la Cantiga 83, muestra a un pobre cautivo, en peligro de muerte, que invoca a Maria de Sopetrán.
Traduzco libremente al castellano de su poesía galaica:

                                                                        Yacía en muy oscura
                                                                        mazmorra y desventura:
                                                                        ¡La muerte se apresura?
                                                                        María mil cuidados
                                                                        mostró a los angustiados, 
                                                                        ¡y viólos liberados!

      Cuando ya los mercedarios acuden a las mazmorras, llevándoles esperanza y libertad, los pobres cautivos asocian su liberación  a María de la Merced.

¡Cuántos miles de cristianos alcanzaron, en su nombre, la plena libertad!  Liberar con María fue la praxis de los mercedarios. Sentirse libres con María fue la experiencia de millares de redimidos, que jamás olvidarían tamaña misericordia: ¡Por eso caló tan hondo, en la piedad del pueblo, María de la Merced!


Merced de Iberoamérica

      Más tarde, desde principios del siglo XVI, en Iberoamérica, se amplió la presencia mercedaria a los infieles evangelizados con María de la Merced. Y esta advocación  adquirió, desde entonces, arraigo imperecedero en tierras de ultramar. El Jesuita Rubén Vargas Ugarte, historiador de las advocaciones marianas en el Nuevo Mundo, por gracia de las Órdenes religiosas, destaca a María de la Merced, con elogio de los frailes nuestros. Dice: “No se esforzaron menos los Mercedarios por difundir el culto de la Virgen de la merced  –en América, <<Mercedes>>-, cuya imagen se alza resplandeciente en los comienzos  del Descubrimiento, allá en el Santo Cerro, donde fray Juan Infante la propuso a Colón como prenda de victoria. De ahí pasó a México y Guatemala, conducida por fray Bartolomé de Olmedo, recibiendo en este último lugar el título de Conquistadora.  Nada extraño, pues, que numerosas poblaciones se honren con el nombre de esta mariana advocación; y, lo que es aún más digno de advertir, que capitales enteras, como Ecuador, Perú y Argentina, la hayan tomado como Patrona...  Al par que en México y Guatemala, fray Miguel de Orenes introducía en el Perú, a raíz de la conquista, la devoción a la Virgen Blanca; y otro tanto hacía en Chile fray Antonio Correa, miembro de la expedición de Valdivia”.

 

Preside toda iglesia mercedaria

 

      No hace falta decir que donde hay un templo o capilla de mercedarios/as preside María de la Merced, empezando por la Basílica de Barcelona –desde la desamortización en manos de la archidiócesis, siempre reclamada por la Orden, que no pierde la esperanza de recuperar lo que fue obra de nuestros antepasados, a partir de la donación del solar por el devoto Plegamáns-, con su adorable talla del escultor Pere Moragues, de mediados del siglo XIV, la más antigua en veneración, Y en multitud de iglesias que han sido mercedarias, sigue presente la Madre, aunque sus frailes ya no las regente. Incluso en Canarias –donde la Orden no se estableció-  es patrona de poblaciones y de hermandades y cofradías. Una obra reciente acaba de desvelar este secreto.

 

Da un toque de ternura a nuestras sucesivas Constituciones

      Todas las Constituciones –desde las de 1272, cuando la Orden era laical, pasando por las de 1327, recién convertidos los mercedarios en Orden clerical; las de 1588, 1691, 1743, 1895 y, finalmente, las postconciliares (1986) –destacan a María de la Merced como “fundadora” o “inspiradora” de esta obra de liberación. Las actuales señalan, de modo explícito: “Ella es madre de los cautivos,  a los que protege como hermanos queridos de su Hijo, y es igualmente madre de los redentores, al ofrecer libertad a los cautivos, pues anima y promueve así la misión del Señor que <<derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes>>. Contemplando a María descubrimos el sentido de nuestra espiritualidad y la urgencia de nuestra acción apostólica”.

      En multitud de pasajes María de la Merced aparece como espiritual fundadora, madre, modelo, ejemplo de liberación, virgen fecunda, contemplativa, activa, obediente, llena de fe, espejo de esperanza, ejemplo de caridad, modelo vivo de consagración a Dios  y de servicio a los hermanos, objeto personal de nuestra más tierna devoción y amor filial. Si Cristo  Redentor es raíz vivificadora de los frutos de nuestra múltiple acción carismática, María, redentora de cautivos a través de sus hijos, es precisamente acogedora, alivio en las horas de sufrimiento, aliento y fortaleza, ternura femenina, maternal, que envuelve, con su amor sin límites, todo nuestro ser y quehacer. Con ella vamos siempre seguros por los caminos de la vida, pues, como en las bodas de Caná, sigue inspirando la eficacia: “Hacer lo que Él os diga”.

 

Arraigó en el culto de la Orden y en la piedad popular

 

      Respecto a lo primero, destacaré tan sólo que ya en 1272 se señala que “se cante Misa solemne de Santa María” al comenzar el Capítulo General, y se manda a los frailes clérigos que reciten diariamente el Oficio de Santa María. En un breviario mercedario, impreso en París en 1514, aparecen, por vez primera, las palabras que, setenta años después, se añadirían al Ave María: es la súplica conclusiva “ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.  Ya al comenzar el siglo XIV se cantaba, en las iglesias mercedarias, la Salve Regina  los sábados: Así lo constata un documento de Galcerán de Miralles que dona al comendador de Nuestra Señora de Belloch tres libras de cera para un cirio que luciría cada sábado durante el canto de la salve sabatina (1307).

      A petición del Capítulo General de Valladolid de 1599, el Papa Clemente VIII concede el Oficio de María de la Merced, el 8 de septiembre, fecha en que se celebraba su fiesta (1600). La fecha, desde entonces, cambió: el domingo más cercano al 1 de agosto; luego al 10 de dicho mes (1684); y, finalmente, queda establecida, con misa y rito solemne, para toda la cristiandad  -hasta la supresión de la reforma litúrgica reciente, cuya razón no llegamos a comprender- el 24 de septiembre (1696). No deja de ser extraño que, siendo la primera fiesta de María, de origen “particular”, que había pasado a ser universal –después de la Virgen de las Nieves-, se tomase tan drástica decisión, Naturalmente, mercedarios y múltiples pueblos que tienen por Patrona esta advocación mariana seguimos celebrándola con el máximo esplendor.

      Por su parte, la piedad popular  nutrió su vida cristiana en la fuente clara de la devoción a María de la Merced, Corredentora con el Redentor, liberada y liberadora por Cristo Liberador, en aquellos lugares de influencia real de la Orden. Los signos externos de  esta devoción profunda se manifestaron en portar el escapulario de la Merced; en pertenecer a asociaciones mercedarias de seglares, en su honor; en imponerse el nombre de Mercé, en Cataluña, o Mercedes, en el resto de España; en hacer Terciarios de la Merced; en dedicar plazas, calles, capillas, oratorios privados, parroquias, diócesis, lugares, en honor suyo. El recorrido de su imagen por los hogares, costumbre que se dio en Europa, y perdura en Iberoamérica;  el invocar a María de la Merced en momentos precisos de falta de libertad: piénsese en la Europa oprimida por la segunda Guerra mundial, en que se hicieron infinidad de imagencitas de terra cota, sobre todo en Francia, diseñando una alambrada en su manto: ¡alusión a los campos de exterminio!
      En lo artístico abundan cuadros, esculturas, grabados de María  de la Merced, algunos salvados del pillaje, o de la compra fácil, y conservados en museos, que forman parte del patrimonio artístico de la Humanidad. El pueblo asoció fácilmente esta advocación a la ayuda celeste en momentos de cautiverio o especial esclavitud, opresión o quebrantamientos de derechos humanos. Hoy, pues, que vivimos en una sociedad violenta –en la que proliferan torturas, secuestros, asesinatos, invasiones, guerras, desprecio de unas etnias a otras-  María de la Merced sigue teniendo, acaso más que nunca, un puesto ineludible, en la conciencia y corazón de los que son víctimas de todo aprobio y opresión como presencia salvadora de Dios, Madre comprometida con la libertad y dignidad de los humanos. ¡Con ella podemos celebrar las maravillas realizadas por Dios liberador!


Se entretejen en honor suyo, ciertas leyendas marianas


      Estas leyendas se refieren a los orígenes, aunque se hayan recogido, desde la oralidad, en épocas más tardías, a partir del siglo XVI. Son la manifestación y transmisión de realidades profundas, con base en nuestra “intrahistoria”, que trasciende los cauces expresivos de la mera racionalidad. Diríamos que cuanto más honda es una vivencia, menos se puede expresar con la palabra raciocinante,  y necesita de la palabra ardiente, donde la llama, o llamarada, de lo imaginario es fuego creador de energías y movilizador de actitudes de honda devoción.

      Ha ido la Merced configurando su propio lenguaje mítico, y su antología de tradiciones legendarias marianas se nutre de simbolismos creador y recreador. Se escenifica el diálogo fundacional entre María y Nolasco, “en medio del silencio de la noche del primer día de las calendas de agosto”. Desde  Nadal Gaver se amplifica, pasa incluso a la bula papal de canonización de San Raimundo de Peñafort, y cobra diversas versiones, según corrientes de expresividad mercedaria. La realidad interior de Nolasco  se transforma en “tradición legendaria”. Los pintores, más tarde, reproducen visualmente estos relatos: Aparece María con el Hijo en brazos (Cíjar), o ella sola (Gaver), con un coro de vírgenes (Zumel), con tropel de jóvenes (Salmerón), con gran número de ángeles y santos, entre ellos Santiago  -patrón de España- y los abogados de Barcelona  -Cucufate, Severo, Paciano y Eulalia-,  tal como lo recoge Vargas. También, san Pedro Apóstol, para simbolizar a este segundo Pedro, piedra angular de su Religión, y Santa Madrona, venerada en la antigüedad (Colombo). La escuela de Murillo, en cuadro atribuido al maestro, hoy recuperada su autoría para Francisco Meneses Osorio (h.1690), recoge la única aparición a Nolasco, sin estar presente el joven rey, de 10 años, ni mucho menos Raimundo de Peñafort, ausente de Barcelona en estas fechas. Otras versiones  -en base a afirmaciones hoy tenidas por inciertas-  se modelan, sin embargo, según la “triple aparición”: ¡Estas suelen basarse en el “documento de los sellos”, sin base objetiva!

      Otro relato presenta a María en el coro de Barcelona, acompañada de ángeles,  y supliendo el rezo coral de maitines de los clérigos, al que se supone  -sin fundamento real-  que asistiría el Fundador: ¡Todos se quedaron dormidos, en una fiesta solemne, “por descuido del velador”! (Melchor Rodríguez).  Existe otra versión del XVIII, según la cual Nolasco se sienta en brazos de María, acompañada por santos barceloneses: Eulalia, Madrona y Eulogio, que agradecen  al redentor de cautivos lo que está haciendo en su ciudad. Los ángeles están vestidos de mercedarios. Hay cambios de escenificación en otros autores.  A partir del XVIII tardío se manda que presida, en el lugar central de nuestros coros, María de la Merced, “la Comendadora”. ¡Hay estatuas bellísimas, salvadas, providencialmente, de la incuria secular!

      María bendiciendo las celdas de los religiosos, velando sus sueños, es común a dominicos, y pertenece a esas “florecillas” de los contemporáneos. Ellos tienen autores del siglo XIII que la recogen por escrito. Nosotros vivimos más de la tradición oral, En suma, todo ello  -junto con las visiones de San Pedro Nolasco de la oliva-  a la que unos desalmados quieren destrozar a hachazos, y a cada golpe brota una ramita nueva-,  la Jerusalén celeste  y la visión de San Pedro crucificado boca abajo  -pintadas por Zurbarán para la colección sevillana de Nolasco, actualmente en el Museo del Prado- revela el amor y ternura de María, que acude en ayuda de los desvelos de Nolasco.

 

Defensa mercedaria de la Inmaculada Concepción, en teólogos, místicos y poetas

 

      Al unísono con franciscanos y demás Órdenes –excepto la mayoría de dominicos-  la Orden mercedaria sintió y consintió, unida al pueblo fiel, la defensa clara de la proclamación de María llena de gracia desde el primer instante de su ser.  Siguiendo la tradición de la propia catedral de Barcelona  -donde, desde el siglo XII se celebraba ya dicha fiesta-  la Merced conservó la antiquísima oración, tan nítida y transparente, incluso al aceptar la liturgia romana: “Oh Dios, que preservaste de toda mancha de pecado en su concepción a la Inmaculada Virgen  María, para que fuera digna Madre de tu Hijo, concede , te rogamos, que quienes creemos de verdad en la pureza de su inocencia, sintamos también los efectos de su intercesión delante de Ti”.

      Nuestros mejores teólogos del XVI-XVII  -Zumel, Silvestre de Saavedra, Pedro de Oña, Fernando de Orio...-  son expresivos, en sus razones sólidas, del común sentir de la Orden.  El P. Alonso Vázquez de Miranda (1592-1661) tiene un puesto destacado en la Quinta Junta en defensa de la Inmaculada,  presidida por nuestros reyes en la Corte madrileña.  Y el P. Adarzo de Santander formó parte de la Junta teológica que analizó, en sentido positivo, el dictamen de la Congregación del Santo Oficio (20 de enero de 1644), pidiendo se derogue dicho decreto “restrictivo”.  Y debemos seguir citando los más renombrados mercedarios, que ensalzaron a María llena de gracia: Los Padres Francisco de Lizana, los hermanos José y Francisco Pintre, Bernardo de Santander, Marcos Salmerón, San Cecilio, Alonso Remón, Gabriel Téllez. Hernando de Santiago, Damián Estevan, Juan de Rojas, Miguel Ulate, todos del siglo XVII, excepto los dos últimos, del XVIII.  Esta conciencia de estar íntimamente identificados como hijos de tal Madre, llena, en plenitud desbordante, de la gracia del redentor, y en virtud de sus méritos, tiene una larga tradición, que conecta con la actualidad:  Ahí están los nuevos teólogos mercedarios PP. Bienvenido Lahoz, José María Delgado Varela, Xavier Pikaza, y otros de las Provincias de América... Si pasamos ahora  -muy sobrevolando sus obras-  a nuestros mejores teólogos, con ribetes de mística, vemos no sólo su discurso, sino también su experiencia vital.  Nuevos nombres: Pedro de la Serna, López Rubiños, Gaspar de Torres y Melchor Rodríguez, Alejandro de San Antonio, Falconi, muchos de los teólogos citados de los siglos áureos; y los modernos, algunos que todavía conocimos o siguen publicando: Magín Ferrer, José Reig, Luis Márquez, Adolfo Ciuchini, Acquaro, Avelino Ferreyra, Carlos y Antonio Silva de Castro, hermanos Germán García Suárez, Elías Gómez, Ramón Serratosa, Amerio Sancho Blanco, el Padre Sancho, músico y poeta de hondura mística, confesor de la Madre Maturana, Antonio Vázquez, autor de Miryam la Esposa inmaculada y Miryam la nazaretana, obras de juventud, ahora anclado en la psicología religiosa, Eliseo Tourón, Pikaza, Guillermo Hurtado, Monseñor Aparicio, Mario Tallei, Antonio Rubino, López Quintás, etc.  Quedan los más jóvenes, ya en promesa sus escritos marianos en la misma línea. Y quienes apenas han escrito, pero vivieron la piedad mariana, más difícilmente localizables. También las Monjas y Religiosas mercedarias, en sus diversas ramas, nos ofrecen -¿cómo iba a ser lo contrario?-  escritos muy valiosos, o temas vivenciales, que van aflorando en nuestros días con mayor relieve, al tener formación universitaria.  No cito nombres para que ninguna quede excluida. Podemos afirmar que donde haya un mercedario/a, allí hay un fiel amante de María de la Merced, que a veces nos deja su palabra escrita; y otras, su tradición oral, o su mensaje en la oratoria sagrada, o en obrillas devocionales.

      Si pasamos –sobrevolando sus obras más selectas- a nuestros máximos poetas, descubrimos cómo María Inmaculada, merced de Dios y de los hombres, está siempre presente, con especial relieve y calidad, dentro de la justeza teológica, con palabra encendida, ardiente, traspasada de la belleza que arrebata el corazón.  No puedo menos de citar los siguientes nombre, y destacar algunos versos significativos: Fray Jaime Torres, en su obra Divina  y varia poesía  (Huesca, 1579), que sale a luz el año en que nace Tirso de Molina, requiebra a María con acento poético digno de quien fue profesor de Artes de los poetas Argensola:

                                                               Paloma santa, ¿quién podrá alcanzaros
                                                               volando tan subida y encumbrada,
                                                               cuanto sólo Dios pudo levantaros,
                                                               teniéndoos en su mente preservada?

   Suárez de Godoy  -que editó, en el último tercio del siglo XVI, una obra monumental, de más de mil páginas, Tesoro de varias consideraciones sobre el salmo de  “Misericordias Domini in aeternun cantabo”_  dejó sembrados, entre su prosa renacentista, cual rojas amapolas, sus mejores versos mariales:

                                                               Haced grande, alma mía, al que pequeño
                                                               se hizo en mis entrañas, siendo grande,
                                                               y, pues se abrevia un Dios en sí tan grande,
                                                               engrandecedle vos, aunque es pequeño...

      Alonso Remón nos dejó  un tríptico de sonetos a María, de gran belleza, como colofón de su obra Entretenimientos de juegos honestos, donde el poeta  -cual la Sabiduría divina-  juega con el vocablo consagrado a María:

                                                               Niña de aquellos ojos del Dios hombre,
                                                               estrella de aquel Sol que es todo día,
                                                               zafiro que movió Dios con su aliento:
                                                               Al concebiros, ¿quién os niega el nombre
                                                               que al escogeros Dios os dio, María?
                                                               ¡Yo, que os tengo en el alma, así lo siento!

      Finalmente, pongamos el broche de oro con nuestro máximo poeta-dramaturgo, fray Gabriel Téllez  -El Maestro Tirso de Molina-,  que se gloría, en Santo Domingo, al poder afirmar cómo fueron los primeros en llevar a la isla la proclamación de María Inmaculada, a pesar de estar allí implantadas las Órdenes de Dominicos y Franciscanos, los últimos, por temor, no se atrevían a predicar sobre esta insigne gracia de María: Zumel mismo lo había ordenado en su último Capítulo General; pero la praxis mercedaria tenía trasfondo originario. Pues bien, ahora, al poetizar, se dirige a María con humilde palabra emotiva; y con palabra culta. Veamos un ejemplo de cada una:

                                                               Ojos de Dios sois, amores,
                                                               pues, con el blanco color
                                                               y lo azul, sois niña zarca
                                                               que me roba el corazón...

      Y, en esta misma obra en honor de la Fundadora de las Concepcionistas, aparece Jaime I, con capa de la Merced, mientras Antonio de Padua explica:

                                                               Don Jaime Primero es éste
                                                               que a su Concepción dedica
                                                               la Orden de la Merced,
                                                               porque cautivos redima,
                                                               en fe de que su Patrona
                                                               jamás estuvo cautiva
                                                               en la original prisión...
                                                               Por razón de la pureza
                                                               de su célebre milicia
                                                               se viste el manto que ves
                                                               del candor que el alba envidia.

      Y en Deleytar aprovechando (1635) utiliza la imagen de la melodía para el concierto de todo el ser de la Madre, merced de Dios y para todos,  asumiendo ideas escotistas, con originalidad poética:
                                                               Y, si hizo el son concertado
                                                               se aquel dúo en su supuesto,
                                                               que el Verbum caro ha cantado,
                                                               ¡no es bien que en ella haya puesto
                                                               disonancia de pecado!

 

CONCLUSIÓN

     

      Después de este recorrido  -volandero, pero lleno de autenticidad filial- por la vida y realidad histórica de María en la Orden Mercedaria, hemos podido constatar hasta qué punto María de la Merced es consubstancial, y está realmente presente, a lo largo de su trayectoria de ocho siglos, en esta institución inspirada por ella, Madre del Redentor y Madre de la Merced,  en unidad profunda. Y porque esta advocación es histórica, está vitalmente vinculada a la historia de una Orden que consagró sus mayores y mejores esfuerzos a la obra redencional. Era, pues, necesario exponer, y proponer a nuestra consideración, no sólo una teología mariano-mercedaria, sino  -con miras al presente y al futuro de la devoción de María de la Merced-  una historia mariano-mercedaria.  Ambas son complementarias y se implican mutuamente.

       Juzgo que la merced de María, que es ella misma, María de la Merced, es de candente actualidad, y es quizá la advocación histórica más teológica y poéticamente actual: Hoy día habla, sensible y cordialmente, a la conciencia de tantos jóvenes que sienten la necesidad de seguir a Cristo Redentor llevados de la mano de su Madre, que es, a la vez, nuestra Madre, Madre de la Iglesia, como supo explicitar Pablo VI.  Nada ni nadie podrá “robarnos” este título mariano, lleno de resonancias redentoras y liberadoras, en un mundo, como el que nos toca gozar y sufrir, lleno de contradicciones y de violencias permanentes; donde las nuevas forma de cautividad están bien patentes; visibles y audibles, en los medios de comunicación, que son un exponente de la vida en su más cruda realidad sangrante. Cuantos queramos hacer algo por lograr una mayor libertad para el ser humano,  no podemos olvidar que uno de los títulos marianos, siempre nuevos y atrayentes, es Merced, misericordia liberadora. De modo que trasciende a la misma Orden que lo originó y actualiza, para ser ofrecido a todo cristiano, en su compromiso de liberación integral del ser humano, tan desvalido y amenazado siempre: ¡Hoy se siente expoliado de su libertad auténtica, don sagrado por excelencia, dador de sentido y dignificador del humanismo crisiano!

 
La Merced Regalo de Dios PDF Print E-mail
Monday, 11 January 2010 22:51

      Las diferentes congregaciones y asociaciones que llevan el nombre de la Merced se inspiran en la obra de san Pedro Nolasco y sus primeros compañeros y compañeras que, a partir del año 1202, instituyeron en Barcelona un movimiento de tipo religioso y social, para visitar y liberar a los cristianos que, por circunstancias adversas a la dignidad de la persona humana, se encontraban en peligro de perder la fe. Pasados unos años, en 1218, los primeros mercedarios varones constituyeron una Orden religiosa, de vida comunitaria, que fue aprobada por la iglesia universal (año 1235). Por su parte, las hermanas mercedarias fueron formando también grupos distintos, dedicados a una acción de tipo más social (desde el siglo XIII) o más contemplativo, desde el siglo (XVI); a partir del siglo XIX se constituyeron diversas congregaciones mercedarias femeninas, de tipo caritativo, apostólico y misionero. Todos esos grupos de congregaciones religiosas y asociaciones laicales forman la familia mercedaria, vinculada por una tradición común, un mismo amor a la Virgen de la Merced y compromiso de liberación a favor de los cautivos. Ahora, a los ocho siglos del comienzo de su obra (en el año 2002) podemos ofrecer una visión general de su sentido y tarea en el mundo.

 

La Merced, regalo de Cristo

 

      Merced significa don o regalo, es decir, aquello que se ofrece y regala gratuitamente, oponiéndose, por tanto, a las normas y principios del mercado, donde las cosas (incluso los hombres) se compran y venden, según conveniencia o imposición de los más fuertes. . Ambas palabras poseen en los idiomas latinos una misma raíz: mercado es el lugar e institución donde se compra o negocia según ley alguna cosa por dinero (de ahí viene mercenario: alguien que vende sus servicios, sobre todo para acciones militares); merced, en cambio, es aquello que gratuitamente se ofrece, por amor, a favor de los humanos, a fin de que ellos puedan ser y vivir en libertad y plenitud humana.

      Merced significa gracia, y así se emplea todavía en diversas lenguas: "hágame la merce... “merci, moltes merces, mezedez, mercy etc. Existía y existe una tendencia allegalismo religioso: se tiende a mirar la Ley como signo superior de Dios, a interpretar la piedad como un cumplimiento de normas o principios de justicia, que confirman y avalan el orden de cosas que existe en el mundo. En contra de eso, Jesús quiso revelar a los hombres la gracia de Dios, en forma de perdón, de regalo y redención. Por eso decimos que fue Redentor universal: era experto en opresiones, conocía por dentro el dolor de los enfermos, la angustia de los pobres, el llanto y la desesperanza de los expulsados de la sociedad (leprosos, publicanos, prostitutas, etcétera); era, al mismo tiempo, experto en redenciones, es decir en ayudar con su palabra y obra, con su amor y entrega, a los diversos tipos de necesidades. Por eso podemos llamarle el primer mercedario, principio de libertad.

      Jesús, primer mercedario, fue el iniciador del evangelio, de la buena noticia de liberación para los hombres. No vino a resolver por fuerza los problemas: por eso no ha curado a todos los enfermos, ni ha impuesto su reinado político en el mundo, ni ha enseñado la palabra de gracia y libertad a todos los que estaban oprimidos por el peso de la vida sobre el mundo. Él ha hecho algo más profundo: iniciado un camino de gracia y libertad, para que nosotros podamos asumirlo y recorrerlo, realizando con su ayuda la tarea de liberación universal, por gracia. Por eso, cuando los discípulos del Bautista le preguntan si es él quien ha de venir, ha respondido: "los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados" (cf. Mí. 11, 2-6). Esta es su palabra más profunda, en ella quiere fundarse la tarea mercedaria: sólo allí donde los mensajeros de Jesús ayudan a los pobres, curan a los enfermos puede hablarse de salvación final de Dios, de la resurrección de entre los muertos.
 
      En la línea de Jesús han querido actuar los primeros mercedarios y mercedarias, formando un grupo religioso de "consagrados", que consta de órdenes y congregaciones especiales, y un grupo más extenso de cristianos comprometidos en la tarea de merced, es decir, de liberación gratuita de los hombres. Desde el comienzo de la historia mercedaria (siglo XIII) hasta la actualidad (siglo XXI) diversos grupos de cristianos han participado de la obra de liberación, formando cofradías o fraternidades especiales (Orden Tercera, asociaciones laicales etc). Ellos siguen siendo un regalo de Dios para los pobres y oprimidos del mundo, regalo de gracia, regalo de libertad. Así podemos concluir que este primer apartado merced tiene para los mercedarios el sentido más preciso de redención gratuita de los cautivos y oprimimos. Hombre o mujer de merced es alguien que ofrece su vida para la libertad de los demás, conforme al modelo de Jesús, siguiendo el ejemplo de Pedro Nolasco y los primeros mercedarios.

 

La Merced, regalo de la historia cristiana. Las tres órdenes

 
      Siendo un regalo de Dios, la Merced, entendida ya como institución y movimiento cristiano al servicio de los cautivos, tiene una historia bien concreta, que nos sitúa en el siglo XIII. Por eso debemos empezar situándola en ese contexto. Era un tiempo importante, se iniciaba en Europa una búsqueda nueva de conocimientos racionales; se expandía el orden nuevo de comerciantes y burgueses, en medio de violencias sociales y crisis políticas. Habían fracasado las cruzadas, con su ideología de conquista cristiana del mundo (o al menos de la Tierra Santa); quedaba atrás la vieja cristiandad organizada de un modo sacral, a través de monasterios y señores feudales. Comenzaba un tiempo nuevo, con problemas muy semejantes a los nuestros.

      En este contexto se habla de tres fundadores cristianos providenciales, de tres movimientos religiosos que responden a los problemas más urgentes: Domingo de Guzmán y sus Hermanos Predicadores quieren situarse ante el tema esencial de la verdad, que se encuentra y expande a través de la palabra; Francisco de Asís y sus Hermanos Menores quieren responder a los proble¬mas de la injusticia económica, a través de un ejemplo radical de pobreza; Pedro Nolasco y los hermanos y hermanas de la Merced destacan el proble¬ma de la falta de libertad, queriendo buscar una respuesta liberadora

      a. Santo Domingo de Guzmán, apostolado de la Predicación. Era un clérigo hispano, canónico del Burgo de asma; sabía latín, había estudiado. Caminando por el sur de Francia, con una embajada del Rey de Castilla, pasó por una zona de guerra entre Albigenses y cruzados católicos. Era una guerra de exterminio; los soldados del rey de Francia y muchos obispos querían matar a todos los albigenses, por herejes y distintos (peligrosos), pensando que hay un tipo de problemas de violencia que sólo se arreglan por las armas, destruyendo de raíz la mala simiente del Diablo en el mundo. Pues bien, Domingo pensó que la división entre católicos y albigenses, el gran tema de las disputas religiosas y sociales, debe resolverse a través de la palabra y por eso quedó en el lugar de las disputas, como predicador ambulante, diciendo a unos y a otros que podían resolver las diferencias a través de un más hondo conocimiento de la verdad. Para expandir su labor creó una fraternidad de predicadores ambu¬lantes, que iban pueblo a pueblo, sin bienes materiales ni influjos exteriores, como "mendicantes", es decir, como mendigos del evangelio. Sólo más tarde, estos hermanos pobres predicadores se fueron convirtiendo en una Orden bien organizada, con intelectuales y profesores de universidad, para expandir y pro¬pagar la verdad por la Palabra. Santo Domingo de Guzmán es el santo del conocimiento liberador, que no destruye a los demás, que no les impone una verdad, sino que les ayuda a pensar y vivir en libertad.

      b. San Francisco de Asís, el apostolado de la pobreza. El hermano Francisco, hijo de comerciante, era poeta, hablaba en francés... De joven se fue a la guerra y le hicieron prisionero. Tuvo una experiencia grande del poder perturbador de una riqueza que esclaviza a los hombres, que divide a los pueblos, para acabar descubriendo que la libertad de la vida sólo puede conseguirse y cultivarse allí donde los hombres y mujeres se liberan del afán de la riqueza para volverse hermanos todos. El dinero lleva a la división, a la lucha; para ser hermano hay que aprender a compartir: este es el secreto de Francisco; él ha dicho las cosas más bonitas que se han escrito acerca de la pobreza y de la fraternidad. Por eso quiere que los hermanos trabajen pero que nunca exijan salario, que reciban lo que les dan y que compartan lo que tienen, como hermanos pobres (mendicantes). Su "mendicidad" no consiste tanto en pedir a los otros sino en compartir con todos, incluso con el hermano ladrón, o con el otro. De tal manera que al compartir los bienes surge la paz. El ideal de Francisco fue profundamente misionero, como el de Domingo de Guzmán, pero no a través de una predicación de palabras, sino de la misma pobreza y fraternidad hecha palabra. Francisco y sus hermanos predican con el ejemplo, sin pedir nada, sin exigir nada. De esa forma pudo organizar un tipo de misión nueva, misión entre infieles y de un modo especial entre musulmanes, enviando a sus hermanos pobres a la Tierra Santa y a otros lugares, no para conquistar el país o vencer a los "infieles", sino 'para compartir con ellos la vida en humildad y pequeñez. Dijo a sus hermanos que fue¬ran como los discípulos primeros de Jesús: sin llevar nada, absolutamente nada, sin conquistar, sin imponer, sin obligar (cf. Mt 10). Más aún, le puso como norma que no discutieran con los musulmanes, que no quisieran convertirles, sino simplemente estar con ellos. Así lo dice su regla para los misioneros: "que no promuevan disputas que se sometan a toda autoridad por Dios y que confiesen que son cristianos, pero sin discutir ni provocar; sólo cuando les pregunten, digan qué es ser cristiano".

      c. San Pedro Nolasco, hombre de Merced. Los grandes teólogos mercedarios del Siglo XVI afirmaban que el tercer gran problema de los hombres era la falta de libertad, que se expresaba en forma de opresión social y religiosa. Para responder a ese problema nació entonces la Orden de los Redentores de Santa María de la Merced: para instruir a los cristianos cautivos, para confirmarles en la fe, de manera que no desfallecieran, para liberarles aún con riesgo de la vida, del poder de opresión en que se hallaban, ofreciendo para ello sus riquezas y su misma vida. Ellos pensaron que la cautividad y la opresión son la más honda ignorancia, la mayor miseria. La mayor ignorancia es no poder realizar en libertad la vida, la mayor pobreza es carecer de todos los derechos, incluso de la posibilidad de escoger trabajo, casa, forma de existencia. Dios hizo a los hombres libres, dueños de sí mismos, diciéndoles: "creced y multiplicaos, dirigid en libertad vuestra vida sobre el mundo". Pues bien, el cautiverio, en sus diversas formas, va en contra de esa palabra de Dios. Si uno es esclavo y no tiene libertad vive "a merced de los demás", que pueden dominar le, convirtiéndole en objeto, mercancía, al servicio de los propios intereses egoístas de un mundo que se vuelve enemigo de Dios. En contra de eso, el mercedario quiere ayudar a los hombres de un modo gratuito, en gesto de Merced liberadora, para que así puedan vivir en libertad. Pedro Nolasco vino a situarse según eso en el "nervio más sensible de la historia".

      Así podemos resumir el tema. Pecado grande es el engaño en el nivel de conocimiento y fe; y por eso fundó Domingo una Orden al servicio de la verdad. Pecado grande es la riqueza que destruye a los más pobres; y por eso creó Francisco una Orden al servicio de la pobreza fraterna. Pero el pecado mayor es la negación de la libertad y para remediarlo quiso crear Pedro Nolasco un grupo de personas que estuvieran a merced de los demás, para ofrecerles una experiencia y camino de liberación. Otras órdenes y congregaciones han surgido en los siglos posteriores, sobre todo en el XVI y XVII: los jesuitas, al servicio de la tarea ministerial de la iglesia; los carmelitas, para ofrecer un testimonio de oración contemplativa; las hijas de la caridad, para socorrer a los enfermos ... Pero, de un modo ejemplar, podemos condensar la historia de la vida religiosa moderna en dominicos, franciscanos y mercedarios, pues esos grupos han sabido expresar, ya en el siglo XIII los temas básicos de la presencia y tarea de Cristo en el mundo.

 

La Merced, regalo de María

 

      He venido aplicando la palabra Merced a Dios, a quien los mercedarios han visto siempre como Padre de Misericordia. Esa palabra puede y debe aplicarse también a Jesús, pues Cristo ha sido y sigue siendo el primer Redentor de cautivos. Pero en un sentido más estricto mercedarios y mercedarias han tomado su título y nombre de María: no se llaman "nolasquinos" (de Pedro Nolasco), en la línea de los "dominicos" (de Domingo de Guzmán) o los "franciscanos" (de Francisco de Asís), sino mercedarios, es decir, hermanos y hermanas de Santa María de la Merced, Redentora de Cautivos, a quien toman como su auténtica Fundadora. Ciertamente, el título Merced (Misericordia, Redención de cautivos) empieza aplicándose a Dios Padre y a Cristo; sin embargo, la tradición mercedaria lo vincula de un modo especial con María, madre de Jesús, a quien llama Virgen y Madre María de la Merced: ella da su nombre y sentido a la familia mercedaria.

      - Este título, María de la Merced, no es una referencia de lugar, como los de Lourdes o Fátima, Monserrat o Guadalupe, aunque esos nombres hayan recibido también un sentido carismático especial. La Merced es, más bien, un título teológico y apostólico, que está indicando una faceta importante del misterio de María, la Madre Jesús, de manera que puede convertirse en principio de una acción liberador a al servicio de los hombres cautivos.

      - Este título está vinculado a la vida y obra de San Pedro Nolasco, que más que fundador autónomo de familia mercedaria aparece como devoto de María y promotor de su obra de Merced sobre el mundo. En los primeros documentos, el grupo de los redentores de cautivos aparece como Orden de Santa Eulalia (por el nombre de la casa donde residían, en Barcelona) o, Redención de Cautivos (por su tarea específica). Pero muy pronto, por impul¬so del pueblo y elección de los mismos hermanos y hermanas, el grupo empieza a llamarse Orden u obra de Santa María de la Merced, de la Redención de cautivos.

      Este nombre no fue resultado de una imposición jerárquica, ni elección más o menos arbitraria de los primeros hermanos y hermanas, sino resultado normal de un proceso en el que ellos fueron descubriendo que su obra de Merced (Redención de Cautivos) se encontraba vinculada de manera muy intensa con María, de manera que ella (María) viene a presentarse como Madre de la Merced y la Merced de María se define como obra de María. Los hermanos y hermanas podrían haber redimido cautivos sin apelar a la Madre de Jesús o haber mantenido separados los dos elementos (devoción mariana y acción liberadora). Pero los han vinculado de un modo gozoso y compro¬metido, de manera que María y Libertad aparecen unidos en el título de la Merced.

      Esta vinculación constituye una de las mayores aportaciones de San Pedro Nolasco, como ha destacó ya hacia 1400 el hermano Nadal Gaver, que recogió y transmitió de forma clásica la primera experiencia mariana del movimiento mercedario, contando la Descensión o bajada liberadora de María, en un relato ejemplar donde se recoge para siempre la inspiración liberadora que está al fondo de los diversos grupos mercedarios. Este es en resumen su relato:

      - Historia previa. Pedro Nolasco había comenzado a realizar su obra el año 1202, con un grupo de hermanos y hermanas. Pero un día descubrió que ella no avanzaba, llegando a pensar que el grupo y obra podía disolverse. Estaba ya en 1218. Habían pasado muchos años. Había gastado su fortuna y la fortuna de varios amigos, pero no se lograban verdaderos resultados. Aumentaban las dificultades, crecían los cautivos, la obra se estancaba. Pues bien, éstando de noche en oración, con estos pensamientos, invocando a la Señora, Madre de Jesús, sintió que alguien se acercaba. ¿Cómo lo sintió, qué vio, cómo escuchó las palabras? Este es el secreto luminoso de la experiencia mercedaria, una historia que deben evocar siempre de nuevo devotos de María de la Libertad.

      - Diálogo. La experiencia mariana de Pedro Nolasco se expresó en un diálogo o revelación fundamental en cuatro momentos. 1) Ella viene y Pedro pregunta: ¿Quién eres tú? Quiere saber quién es la Señora; estar seguro, saber con quien habla. 2) La Señora revela su deseo. Antes que decirle quien es, ella le ofrece una tarea: que siga liberando, que no deje su obra, sino que la asuma de nuevo y la organice de manera más intensa, como movimiento de liberación. 3) Nueva pregunta de Nolasco: ¿quién soy yo para realizar esta tarea? Es una pregunta que aparece en gran parte de las experiencias espirituales, ya en el Antiguo Testamento (por ejemplo en Moisés e Isaías). 4) La Señora no responde de manera directa a esa pregunta, sino que lo hace de un modo indirecto, ofreciéndole de nuevo su tarea, en nombre de Cristo. No es tarea nueva, no es algo que Nolasco no supiera, sino la obra de Merced, de redención de cautivos.

      - Revelación mercedaria de María. Sólo al final, para ratificar su encargo, la Señora se presenta a sí misma diciendo, de manera condensada:

"Yo soy María, aquella en cuyo vientre asumió la carne el Hijo de Dios, tomándola de mi sangre purísima para la reconciliación del género humano.

Yo soy aquella a la que dijo Simeón cuando ofrecí a ese Hijo sobre el Templo, para realizar la obra de Dios: mira éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos; será signo de contradicción; y a ti misma una espada te atra¬vesará el alma" (Lc.2, 33-34).

      De esta forma viene a revelarse María de la Merced: aparece como aquella que ha dado y sigue dando su sangre, es decir, su vida, a favor de los oprimidos y cautivos. Ciertamente, los mercedarios y mercedarias saben que ella es la Theokokos o Madre de Dios; saben que es inmaculada y que está Asunta en el cielo. Pero en el centro de su piedad mariana han descubierto, con Pedro Nolasco, otro elemento: María sigue sufriendo con Jesús a favor de los oprimidos y cautivos; ha dado y sigue dando su sangre por ellos (pues la dio para el nacimiento de Jesús); ellos descubren que María sigue llevando en el alma la espada de dolor redentor por los cautivos. Los grandes textos del dolor de María (Lc 2, 33-34, la espada de Simeón, y Jn 19, 23-25, compasión bajo la cruz), incluyen diversos temas: ella ha sufrido su noche oscura por no entender a Jesús, por ver el rechazo de los judíos y de todos los no cristianos, por sentir su dolor en la cruz ... Pues bien, en el fondo de esos textos, los mercedarios han visto con Pedro Nolasco algo nuevo:

      - María sigue sufriendo hasta el fin de los tiempos allí donde sus hijos se encuentran cautivos: Así aparece como mujer y madre solidaria. Ella es con Jesús el recuerdo viviente de la herida que forma la opresión en este mundo; ella es la memoria viva de las injusticias que destruyen a los hombres y mujeres de la tierra. Así aparece como expresión viviente de la solidaridad de Dios, que penetra en la debilidad del mundo, para sufrir con los que sufren. Ella representa de algún modo a todos los cautivos del mundo.

      - María es, al mismo tiempo, impulsara y garante de un movimiento de libertad. De esa forma anima, desde abajo, a partir de los mismos cautivos, un camino y proceso de liberación y así aparece como promotora y garante de liberación. Ella no se encuentra simplemente arriba, desentendida de la historia humana; no está en un cielo de felicidad ya conseguida, dejando a un lado los problemas de la humanidad sufriente, sino todo lo contrario: unida con los pobres y cautivos, a favor de ellos, promueve un movimiento de liberación cuyo primer hermano ha sido Pedro Nolasco.

      Esta ha sido la mayor aportación religiosa de Pedro Nolasco: él ha puesto su movimiento de liberación bajo el amparo y guía de la Madre de Jesús, a quien presenta como Madre de gracia y de Misericordia, es decir, Merced de Dios, principio y garantía del compromiso cristiano a favor de la liberación de los cautivos. Lógicamente, conforme a esta experiencia fundadora, María acaba diciendo a Pedro Nolasco: "Es mi voluntad que fundes un grupo que se dedique a redimir cautivos, sabiendo que eso implicará dificultad y sufrimiento. También vosotros seréis un signo de contradicción, en este mundo que sigue oprimiendo a muchísimas personas; por eso, una espada os atravesará vuestra alma. Igual que yo he sufrido por Jesús, para que llegue el Redentor, deberéis sufrir vosotros, para que la redención se complete y un día vivan en amor y comunión todos los humanos". Esta sigue siendo la palabra clave de María de la Merced. Este es el sentido de su patrocinio sobre el conjunto de la familia mercedaria.

La Merced, regalo para cautivos y oprimidos.


      Conforme a lo anterior, religiosos y laicos de la Merced han de ser expertos en el conocimiento de los cautiverios de la humanidad actual. Los tiempos actuales son distintos, no estamos ya en el siglo XIII ni el XVI, pero "surgen hoy en las sociedades humanas nuevas formas de esclavitud social, política y psicológica, que derivan en última instancia del pecado y que resultan para la fe de los cristianos tan perniciosas como la esclavitud y cautividad de otros tiempos" (Vaticano II, Gaudium et Spes 4,29,41). Por eso, los nuevos redentores deben encarnarse en su mundo, experimentando las opresiones de la edad moderna. La humanidad se dividió de antiguo y se sigue dividiendo en grupos que combaten o. se oponen mutuamente. En esa situación, los más pobres por raza o cultura, economía o salud, siguen siendo los hermanos preferidos de Jesús (d. Mt 25, 31-46), especialmente los encarcelados y exilados; ellos han de ser objeto prioritario de la atención merced aria.

      A partir del siglo XIV, muchos mercedarios participaron en las tareas ministeriales de la iglesia y asumieron la acción evangelizadora en América Latina o la contemplación del misterio redentor de Cristo. Otros y otras han tomado ministerios de tipo educativo y sanitario, de promoción social y evangelización liberadora, para expresar por ellos el amor que Cristo redentor ha revelado por medio de María de la Merced, dentro de la iglesia, en forma de regalo de liberación para los más pobres. Ese amor ha de expresarse en un plano de ayuda personal, es decir, como asistencia inmediata y cercana a los necesitados, siguiendo el modelo del Buen Samaritano, que no necesita instituciones sacrales ni sociales para asistir al asaltado. Pero, al mismo tiempo, puede y debe expresarse en obras de transformación estructural, organizadas de un modo cuidadoso, siguiendo criterios de acción social.

      De esa forma se vinculan los gestos espontáneos y directos, que provienen del corazón de cada uno de los devotos de María de la Merced, y las obras programadas, tanto en línea más eclesiástica (bajo la dirección inmediata de la jerarquía) como más social (con inspiración cristiana, pero no directamente vinculadas a la jerarquía). La Merced no es simplemente un regalo para la iglesia (sus obras no se hacen para gloria de la institución), sino para la humanidad. De esa forma, los mercedarios expresan el sentido de su fe, que es creadora de libertad, en el contexto más extenso del mundo en el que viven. Eso pueden hacerla en todos los lugares donde hay pobres y cautivos, no sólo en los países del llamado Tercer Mundo (amenazados de manera más directa por el hambre y la injusticia), sino también los países del Primer mundo (tanto en sus bolsas de pobreza social o Cuartos Mundos, como en las diversas circunstancias y lugares donde los hombres y mujeres se encuentren sometidos a la opresión del miedo o la injusticia). 
      Es este fondo se puede citar el Magisterio de Juan Pablo II, que viene insistiendo en el carácter fronterizo, no sólo de la vida religiosa, sino de todo el cristianismo. Frontera es el lugar donde el hombre se encuentra amenazado y corre el riesgo de perder su libertad. En tiempo de cruzadas y guerras de conquista, los guerreros se situaban en ella para hacer guerra a los contrarios. Pero, como vimos al evocar el origen de las "tres órdenes" del siglo XIII, los mercedarios iban a las fronteras no para luchar contra los adversarios, sino para redimir con amor a los cautivos y pobres. Ellos no quieren conquistar países, sino sembrar una semilla de libertad en los lugares donde crece la opresión. Tres son, conforme a la visión de Juan Pablo II, las fronteras prin¬cipales de la misión actual de la iglesia.

      - Hay unas fronteras geográficas a las que debe llevarse el evangelio de la libertad cristiana, conforme a la tradición más antigua de la Iglesia. Los enviados o creyentes de Jesús han de ofrecer el don de su Reino, en pura gratuidad, en gesto dialogal de entrega evangélica, en aquellos pueblos y lugares donde todavía no existe una Iglesia madura. Por eso es necesario que los fieles de Jesús estén dispuestos a dejar su tienda, para establecerse en otras tierras y culturas, ofreciendo allí los signos y palabras de Dios. La Iglesia es por sí misma universal (católica) y sólo saliendo de sí misma y ofreciendo su tesoro en otros pueblos, se hace fiel al evangelio. Pero no puede hacerla en gesto de imposición o conquista, de superioridad o dominio, sino de diálogo en libertad, desde los más pobres, encarnándose entre ellos. Se acusa a la iglesia moderna de haber realizado una misión vinculada a los poderes militares y políticos (es decir, a la colonización). Se sigue diciendo que ella es extranjera en los países de misión: es el culto de unos hombres y mujeres que vienen de fuera. Pues bien, en contra de eso, la verdadera misión cristiana, realizada en gratuidad, puede y debe realizarse en formas de presencia liberadora. No quiere imponer una doctrina desde arriba, ni de establecer unas jerarquías de verdades y funciones desde fuera, sino abrir espacios de libertad, a favor de todos, partiendo de los excluidos del sistema.

      - Hay unas fronteras sociales, que se expresan en las diversas formas de ruptura humana y cautiverio que han surgido en nuestros viejos pueblos cristianos (de Occidente y América Latina). Esas rupturas e injusticias existían también antiguamente, pero éramos menos conscientes de ellas, pensábamos a veces que respondían a la voluntad de Dios, que ha hecho a unos ricos y a otros pobres, a unos superiores y a otros inferiores, sobre el mundo. Pues bien, hoy sabemos, gracias al mismo Evangelio de Jesús, que esa visión de la desigualdad e injusticia entre los hombres era contraria al evangelio. Por eso, estamos convencidos de que la verdadera evangelización se encuentra vinculada a la presencia liberadora de la Iglesia o de grupos de cristianos, como la familia mercedaria. Así lo ha visto Juan Pablo 11 cuando evoca la miseria de los suburbios de las grandes ciudades, de los grupos cada vez más grandes de emigrados y exiliados, de pobres y excluidos que llenan nuestro mundo. "El anuncio de Cristo y del Reino de Dios debe llegar a ser instrumento de rescate humano para estas poblaciones" (Redemtoris Missio 37,b). En otro tiempo se pudo pensar que el Evangelio pertenece al nivel del alma, no influía en las condiciones sociales de los hombres. En contra de eso reaccionaron los primeros mercedarios, empeñados en ofrecer libertad a los cautivos. Avanzando en aquella línea, los nuevos mercedarios y mercedarias saben que no pueden anunciar y encarnar el evangelio de Jesús en este mundo si no ofrecen el testimonio de su presencia y acción a favor de los excluidos de la sociedad.

       - Hay unas fronteras culturales que resultan cada vez más injustas, pues separan y excluyen a muchísimas personas. En otro tiempo, el evangelio pudo expandirse en los moldes de una cultura dominante del entorno (latina, occidental). Ha llegado el momento en que los fieles de Jesús encarnen el evangelio en cada una de las culturas y las lenguas de la tierra, dejando que los mismos nativos (los nuevos cristianos) la expresen y expliciten en su propia línea. En ese aspecto, desde Pablo VI se ha podido hablar de una evangelización de la cultura o, mejor dicho, de las diversas culturas de la tierra (Evangelii Nuntiandi 20). Pues bien, avanzando en esa línea, podemos y debemos hablar de la necesidad de crear una cultura universal de la libertad, a la que todos se sientan invitados; una cultura en la que se respeten y promuevan las diferencias culturales de pueblos y naciones, pero ofreciendo a todas unas mismas posibilidades de desarrollo personal y social. Ha sido muchas veces el dinero o raza, la religión o estado el causante de la opresión. En estos momentos resulta quizá más importante la opresión de la cultura, que se pone al servicio de unos grupos dominantes, que expulsa del espacio de la libertad y comunión social a una mayoría de grupos y naciones sobre el mundo.

      En estas tres fronteras (geográficas, sociales, culturales) la Merced ha de ofrecer una palabra y testimonio de libertad, al servicio de todos los hombres y mujeres, en cuanto hijos de Dios y llamados a su reino. En esta línea avan¬za el Magisterio de Juan Pablo II cuando dice que la acción de los laicos (y de todos los cristianos) debe dirigirse a "redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana... Por eso, toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre" (Christi fideles Laici 37). Las palabras del Papa son duras, algunos pueden sentirlas demasiado duras (por el uso de la palabra venganza). Pero ellas nos permiten captar la importancia del problema: el pecado de un sistema que oprime y expulsa a los pobres. La situación de injusticia de nuestra sociedad "clama al cielo", como en otro tiempo el dolor de los hebreos oprimidos en Egipto o el sufrimiento de los enfermos y pobres de Palestina en el entorno de Jesús. Pues bien, la Merced quiere ser una palabra y gesto de Dios para esos oprimidos, un regalo de Cristo para los excluidos del sistema, no en línea de venganza, sino de solidaridad universal, empezando de los excluidos del sistema.

La Merced, regalo comprometido. Educación liberadora

 

      La obra mercedaria es una tarea al servicio de la libertad de los hombres. Los devotos y amigos de la Merced tienen un mensaje y carisma actual dentro de la Iglesia, asumiendo y expresando ya desde el siglo XIII un carisma de evangelización liberadora que pertenece, por otra parte, al conjunto de la Iglesia. Como hemos visto, el pecado mayor de este mundo es para unos el dinero: por eso la respuesta de la Iglesia está en la línea de testimonio de pobreza (Francisco de Asís). Para otros el problema es la falta de verdad: lógicamente, la Iglesia debe responder con la predicación de la palabra (Domingo de Guzmán). Otros suponen que sufrimos por un insuficiente apostolado: así piensan que es preciso fundar y promover grupos que extiendan y defiendan la verdad y ministerios de la Iglesia (en la línea de Ignacio de Loyola). Los mercedarios aceptan el valor de esas posturas, pero piensan que existe todavía otro problema más profundo: la falta de libertad entre los hombres. Por eso, bajo la inspiración de la María de la Merced, siguiendo el mensaje y tarea de Cristo Redentor, asumen y promueven, según las circunstancias de tiempos y lugares, formas nuevas de liberación, actualizando lo que han hecho, después de Pedro Nolasco, los fundadores y fundadoras de las nuevas congregaciones mercedarias.

      Los mercedarios forman un grupo muy antiguo de religiosos, religiosas y laicos que asumen el carisma redentor de María. En estos últimos decenios (a finales del siglo XX y a comienzos del XXI), han descubierto con gozo que muchos cristianos están asumiendo de forma creciente un camino de evangelización liberadora: la iglesia sabe que el anuncio de Jesús no puede separarse del gesto de la caridad concreta de los fieles que se ayudan mutuamente y quieren crear formas de ayuda mutua, de liberación de los excluidos del sistema. Dentro de esa búsqueda eclesial ha de entenderse el carisma mercedario. Más que fijar con precisión sus fronteras, para distinguido de otros carismas de vida religiosa o cristiana, los mercedarios/as deben buscar la manera de ser fieles a la inspiración de Cristo Redentor y de María de la Merced, en las nuevas condiciones sociales y eclesiales.

      Como hemos indicado ya, la liberación mercedaria es, al mismo tiempo, una acción personal (propicia la inspiración de algunos individuos) y un compromiso conjunto, realizado por los hermanos y hermanas como grupo, al servicio de la libertad plena de los hombres. Ellos saben que su obra de expandirse a todos los humanos, especialmente a los más pobres y excluidos, a los encarcelados y cautivos, pues Dios ha ofrecido su vida y plenitud en Cristo para todos los humanos. Más aún, ellos han descubierto por María que los pobres y cautivos son señal privilegiada de la gracia de Dios sobre la tierra, como hermanos más pequeños de Jesús y centro de la Iglesia (cf. 1 Cor 1,26-31; Mt 18,1-9); por eso, la misma gracia de Jesús exige que aquellos que se saben liberados pongan su vida al servicio gratuito de la vida de los otros.

      - La gracia es fuente de gratuidad. Los mercedarios y mercedarias se sienten portadores y testigos del amor que Dios mismo les ha ofrecido en Cristo. Por eso responden amando de modo gratuito a los pobres y excluidos del sistema. No les aman para salvarles, pues están ya salvados en Cristo (como supone Mt 25,31-46), sino para compartir con ellos el amor en liber-tad y para esperar con ellos la llegada del reino.

      - La acción liberadora se muestra así como anuncio de evangelio, pero no en un sentido confesional estrecho (de aumento de cristianos o triunfo externo de la iglesia), sino humano y universal. Jesús no ha venido a salvar a la iglesia, sino a todos los hombres (como sabe y predica la iglesia). La acción liberadora de los mercedarios está, por tanto, al servicio del bien de la humanidad, en la línea de la encarnación del Hijo de Dios.

      En ese sentido se puede hablar de cultura de liberación. Ciertamente, en el mundo sigue habiendo lucha en el nivel económico: hay conflicto por la posesión, distribución y control de las riquezas de la tierra. Hay también conflicto político social, centrado en la búsqueda del poder y en la manera de ejercerlo sobre el mundo, en claves militares. Pero la batalla decisiva ha comenzado a darse ya en el nivel de la cultura. Estamos ante un reto de dimen¬siones incalculables. A través de una nueva genética mental (o de educación manipulada) los dueños del sistema podrían imponer su forma de ser y pensar sobre el resto de la pobla¬ción de la tierra, manteniéndola de algún modo en una especie de sometimiento cultural, mucho más peligroso que los anteriores. Pues bien, en contra de eso es necesario que asuma¬mos y desarrollemos un proyecto de educación liberadora que ponga las nuevas técnicas informativas y de la comunicación al servicio de la plenitud del hombre. Cuatro son sus momentos principales:  

      a. Educar a los marginados, es decir, a aquellos que han quedado fuera de los circuitos culturales, sin identidad y sin palabra. Se trata de ofrecerles la capacidad de que pueden hacerse responsables de su propia libertad, dentro de este mundo duro en que vivimos, de manera que ellos mismos escojan y sean luego lo que quieran.

      b. Educar de un modo humano, destacando los valores personales. Son importantes los saberes técnicos, pero mucho más importantes son los com¬portamientos personales. Lo que vale de verdad es aprender a ser personas, en respeto y gozo compartido, en libertad individual y en apertura universal.

      c. Educar en sentido explícitamente cristiano, para el desarrollo de los valores evangélicos. Como vengo diciendo, más que el triunfo de una iglesia o grupo importa el despliegue evangélico de los hombres y mujeres, siguiendo el modelo de Jesús.

      d. Puede haber una "educación de redentores", es decir, de personas que se comprometan a poner su vida al servicio de la libertad del evangelio. En este sentido podemos hablar de una "siembra vocacional", que no se entiende como propagando o búsqueda de número, sino como expansión evangélica. Lo que importa no somos nosotros, ni siquiera la iglesia. Importa la libertad y gozo de los hombres y mujeres de la tierra, importa la redención de los cautivos. Al servicio de esa acción están los mercedarios y mercedarias.

      Educar significa suscitar un hombre nuevo, una comunión de libertad y amor donde los hombres puedan convivir en gratuidad y entrega mutua, superando las viejas divisiones de opresores y oprimidos, musulmanes y cristianos, ricos y pobres ... Puede haber y habrá diferencias sociales y culturales, religiosas y personales, pero ellas han de ponerse al servicio de la comunión de todos y no de la opresión de una mayoría. Frente a un sistema que tiende a expulsar a los débiles o distintos, debemos buscar la comunión y concordia en la justicia, entre todos los humanos, a través de una educación liberadora.


Conclusión. La Merced, un camino orante: aprender a ser liberadores.

 

      Esta educación liberadora ha de brotar de una intensa espiritualidad, que capacite a los hermanos para adorar y seguir a Cristo, viéndole como aquel que "continúa padeciendo en los cristianos oprimidos y cautivos, expuestos a perder su fe" (cf. Mt 25,31-46). Ciertamente, Jesús se manifiesta en la Escritura y ofrece el misterio de su vida en la liturgia (Eucaristía). Pero los mercedarios han de verle también en los cautivos. Este es el centro de su contemplación redentora: ellos no ven a Jesús aislado, como alguien que murió hace tiempo por los hombres, sino que le miran y ven padeciendo en aquellos que sufren: hambriento en los hambrientos, cautivo en los cautivos, torturado en aquellos que se encuentran torturados.

      Esa contemplación redentora nos lleva a descubrir a Cristo en la opresión y muerte de los hombres de la tierra: venerarle en los cautivos, amándole al amar a los que están necesitados.

      Normalmente, los hombres pasan por la vida ciegos, sin descubrir la hondura y la tragedia de la opresión que hay en su entorno. Los mercedarios, en cambio, han de contemplar la gloria de Dios en aquello que pudiera parecernos más contrario a lo divino: en la miseria de los hombres oprimidos de la tierra. Sin una intensa oración liberadora el compromiso de la entrega mercedaria pierde su valor y fundamento: una acción de tipo redentor que no se arraigue en el misterio de ese Cristo que padece en los cautivos corre el riesgo de perderse pronto en egoísmos personales o de grupo, en el cansancio impotente o en el puro juego de política. Por eso, si quieren ser liberadores, los mercedarios han de cuidar su contemplación, como experiencia de encuentro con el Cristo que sigue padeciendo en los cautivos. Teniendo en cuenta lo dicho, a manera de conclusión, podemos formular algunos elementos básicos de esa educación mercedaria, es decir, de ese proceso en el que unos hombres y mujeres van aprendiendo a vivir desde una perspectiva redentora, al servicio de la obra de María de la Merced.

      - El mercedario/a se educa para ver, tanto en plano de conocimiento científico (ayudado por la sociología y el derecho, por la economía y la política) como en el plano de la participación personal (en un nivel de encarnación concreta): como especialista de la libertad, tiene que saber mirar hacia los hombres actuales con sus problemas, descubriendo así las diversas exclusiones y cautividades de nuestro mundo. Esto significa que los mercedarios han de "salir a la calle", es decir, encarnarse en el mundo, descubriendo por dentro los problemas reales que existen, como hizo Jesús, en su contacto con los excluidos de su tiempo.

       - El mercedario/a se educa para juzgar, no en el sentido de ponerse por encima de los otros y decidir lo que han de ser y hacer, sino en el sentido entender por dentro los problemas y miserias de la historia. En ese aspecto, "juzgar" significa "no juzgar" (d. Mt 7, 1), sino comprender y perdonar todo lo que existe, por gracia, en gesto de compromiso concreto, a favor de los excluidos. Sólo sufriendo en la propia carne los problemas de los otros se aprende a comprenderlos. Los llamados "redentores" de nuestro mundo están quizá demasiado acostumbrados a opinar sobre todo, en un plano teórico. Pues bien, en contra de eso, sólo allí donde se encarnen en el mundo de los pobres y excluidos, tras un larguísimo silencio de respeto, los mercedarios podrán conocer por experiencia, en carne propia, los dolores de un mundo al que quieren ayudar.

      - El mercedario/a se educa para actuar: no es un simple teórico que traza los planes desde arriba, ni un eterno aprendiz que no hace más que prepararse, sino un hombre o una mujer que es capaz de entrar en el ruedo de la vida, con valentía pero sin temeridad, con gozo pero sin frivolidad, al servicio de los excluidos del sistema. Sobran, quizá, documentos y doctrinas; hay una inflación de ideas y rutinas. Para los mercedarios y mercedarias es ya tiempo de asumir compromisos concretos, humildes pero ilusionados, al servicio de los excluidos. 
      Así, a manera de conclusión, podemos afirmar que ha llegado el tiempo de la re-fundación mercedaria, de manera que hermanos y hermanas, religiosos y laicos, puedan traducir y expresar el carisma de la Virgen de la Merced, asumiendo con responsabilidad gozosa, la tarea que inició Pedro Nolasco hace ochocientos años (el 1202). Sólo ellos pueden decir con su vida que la Merced es un regalo de Dios para los cautivos y excluidos del sistema. Sólo ellos pueden ratificar con su vida la actualidad de experiencia y tarea mercedaria, en las nuevas formas sacrales y sociales de este tiempo, sea a través de los cauces institucionales de la vida religiosa, sea a través de otros cauces humanos que expresen el sentido y valor liberador del Evangelio de Cristo Redentor.

 
San Pedro Armengol, mercedario PDF Print E-mail
Monday, 19 October 2009 04:07

San Pedro ArmengolEn Guardia de Prats, tierra de olivos, de avellanos y de vides, pueblecillo cercano a la noble villa tarraconense de Montblanch, nació Pedro Armengol, cuando ya el siglo XIII daba pasos firmes por la pista del tiempo.

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San Serapio, mártir mercedario PDF Print E-mail
Monday, 19 October 2009 03:57

San SerapioDía 14 de noviembre. Escrito por P. Juan Croisset, S.J.

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